viernes, 13 de abril de 2012

A nadie le falta Dios

Esta entrada pretende compartir una experiencia de vida real. No sea pesado, no se burle, no me califique con nota menor a 7.0 

Tenía dieciséis y para ese entonces, yo de la vida jamás supe demasiado. Siempre fui criada dentro de los márgenes correspondientes de una familia bien constituida, con valores y reglas ornamentando mesas, sillas, comidas, reuniones. Jamás me encontré frente a situaciones que probablemente muchos adolescentes atravesaban a esa edad: embarazos, comas etílicos, droga, promiscuidad, duda sexual, etc. 
Yo a esas alturas de mi vida, seguía siendo la matea que le gustaba leer, tocar guitarra, y hablar hasta por los codos. Esa, "la Dani" sensible que lloraba cada vez que tenía pena, y que reía a carcajada olímpica, la situación lo meritase o no. La eterna amiga. La que no le daba la pasada a nadie. Tan así, que muchas veces me catalogaron de perra, porque mi respuesta frente a una declaración íntima, de sentimientos, amor, calentura, era una pequeña y fina risita que se me escapaba de entre los dientes... Lo que jamás se entendió, fue que lejos de pertenecer a la calificación de 'burla', pertenecía a la de 'nervios'. Y entonces, todos tenían esa imagen equivocada de ser un rompe corazones; la mojigata calienta sopa, que por el simple hecho de ser simpática, necesariamente le estaba tirando y quitando, a la vez, los churrines a todos.
Desde un tiempo en adelante, en esos lejanos años de pubertad, jamás volví a recibir un papelito dentro de mi estuche que dijera "Hablamos en el recreo... Perico los Palotes". Y así era mejor también. Mi curso estaba compuesto por once hombres y seis mujeres, lo que el dicho "pueblo chico, infierno grande" se hacía carne en cada acontecimiento extra curricular del segundo medio que no tuviese que ver con cuadernos y libros, precisamente.
Y conste que no se trataba que yo tuviese alguna traba con el amor. Muy por el contrario. Mi mamá siempre se había encargado de recalcarme cuan hermosa era la capacidad de amar y entregarse a alguien, sin preocupaciones. También, crecía en un hogar en donde ambos de mis progenitores demostraban su cariño constantemente.
Mi asunto, el de no haberme dado un beso hasta los dieciséis, no iba por la decepción ni nada por el estilo: yo era demasiado exigente.
Mi familia había llegado a esa conclusión en un almuerzo familiar, de esos típicos en donde el tío solterón te pregunta "por qué no estás pololiando si erís tan bonita". Ahí, tú sonríes nerviosamente, y antes que comience una especulación algo incómoda sobre tu sexualidad, aclaras que no tienes ningún tipo de desviación, muy por el contrario; simplemente no te has topado con el indicado.
Me cargaba el tema, y generalmente, por ser la más chica, existía ese hueveo constante. Si con decir que incluso mi mamá me pedía a gritos un yerno. "Que chucha les pasa", pensaba a ratos. Yo sabía que todo eso tenía que llegar en algún momento. Y así fue.
Generalmente los días domingos asistíamos a la iglesia que fue bendecida por mi presencia, desde que tenía tres años. No era católica, apostólica, ni tampoco romana. Era Cristriana Carismática, y ahí las reuniones comenzaban y terminaban con alabanzas, cánticos dedicados a Dios.
No quise interpretarlo de inmediato como intervención o revelación divina, pero ahí, al final de la prédica cuando juntos como ovejas descarriadas nos disponemos a alabar, escuché una voz que destacó entre todas. Entonces, comenzó un colapso interno. Jamás había escuchado semejante voz masculina, cantando de la forma en que, ese anónimo delante de mí, hacía.
Se llamaba Hugo. No como el de la mezcla de leche y jugo (su broma más odiada), pero si más dulce que eso. Lo demostraba al reir, al hablar, al mirar. Era de esos hombres que la sensibilidad le brotaba por los poros; tenía tema, y jamás se hacían presentes silencios incómodos. ¿Lo mejor? Era el primer hombre del cual sentía atención; no de esa fingida, no porque quisiera atacar y marchar... 
"¿Estay pololiando?", me preguntó mi papá. "¿De verdad?". La sola idea suponía de inmediato que esto terminaría pronto. Por alguna razón machista, siempre me dijeron que la inexperiencia amorosa jugaba siempre en contra. Mentira. Que las ex son un martirio para quienes no saben manejarlo. Mentira (ni tanto). Que se aburriría rápido. Menos.
Al pasar los años, los meses, los días con el por fin existente "yerno" de la familia, me enseñé a mis misma muchas cosas. Principalmente, que esperar fue bueno; lo de perra, mojigata, y quizás cuanto más, fueron solo un detalle sin importancia. También, que es bueno escuchar el corazón, pero es mejor ponerle atención al sexto sentido, ese radar que aleja a quienes no valen la pena. Aprendí que la paciencia hizo camino al regalo más grande que la vida me ha dado hasta ahora, que es el amar y que te amen de vuelta.
Así que, usted, lector. No se desespere. Si anda buscando (o le buscan) pareja hasta por debajo de las piedras, tenga siempre en cuenta que existe esa persona creada para cada uno. "Toda mañana es la pizarra en donde te invento y te dibujo", dijo Cortázar; se, que todo aquel que quiera amar, tendrá esa oportunidad. Y si no me cree a mí, créale a la frase casi bíblica de todos los tiempos: "A nadie le falta Dios".