Entonces, cuando miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, la sonrisa que denominábamos nuestra se ensanchó de comisura a comisura. Habían sido años esperando tenerte así frente a mí; habían sido años de sueños, de esperanzas, de risas, de llantos, pero por sobre todo, de amor, de paciencia, de soportar caídas, asperezas, y celebrar lo bueno, el levantarse, y lo maravilloso que significaba crecer a tu lado, aprendiendo de lo que no creí jamás hacer: entregarme en cuerpo, pero más en alma.
Ahí, con el corazón irreprochablemente desbocado, me era inevitable no recordar cosas que creí sepultadas hacía mucho tiempo. Cosas que me llevaron a ser el hombre que considero, soy, por mucho que insistas en que sigo siendo un niño al correr a la confitería de mi abuelo, o te imploro ese magnífico pastel de chocolate que solo tus manos saben hacer. Hasta cuando reclamo porque la comida llevaba demasiada cebolla, o pepinillos, o el pimentón que tú, a diferencia de mí, te comes a mordiscos.
En ese momento, me seguía sintiendo el adolescente que conociste un tímido y frío día de julio; ese día en que las miradas, las risitas indiscretas, los saludos furtivos y los nervios de intriga se concretaron en una bonita y agradable conversación. Ambos, aunque con el pasado cargado en la espalda, comenzamos a sentirnos repentinamente más livianos. Era increíble la tranquilidad que me inundaba de pies a cabeza; la seguridad de confesarte tanto solo con el hecho de fijar mis ojos en esos enormes y profundos tuyos. Y entonces, éramos dos evidentes muchachos que se gustaban, dentro de una burbuja impenetrable en dónde nadie se atrevía a irrumpir, aunque nos encontrásemos en el cumpleaños de tu mejor amiga, y ella mordiéndose la lengua, entendía que lo que estaba sucediendo ahí, entre nosotros, le sucedía a las personas una sola vez en la vida: encontrar tu complemento.
Hasta hoy, con la iglesia expectante, tu madre y la mía llorando de emoción, mi papá sonriendo, el tuyo intentando demostrar normalidad, tu hermana mirándote con orgullo, y las mías sintiendo que finalmente daba ese enorme paso de forma segura, sigo sintiendo que eres la mujer más hermosa que alguna vez conocí, o que solo se me haya pasado por enfrente; la más dedicada, cocinera, mal genio, irritable, talentosa, y virtuosa que Dios podría haberme regalado… Y sigo sin entender como pudiste aceptarme así, tal cual soy, tal cual seré. Imagino que allá en el cielo, solo se escucharon las plegarias que con tanto ahínco pedí.
Ignoro si existe pareja igual a la de nosotros. Si acaso pisa la tierra un Ernesto que entregó todo lo que tuvo, o alguna Antonia que se enamoró hasta las patas. Pero si sé, que los imponderables jamás nos tocarán. Que la protección que poseemos desde ese momento, en que miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, no podría ser mejor, por el simple hecho de que tú, mi cielo y mis anhelos hechos carne, al fin, te convertías en mi mujer.
martes, 31 de enero de 2012
Altar
miércoles, 25 de enero de 2012
Memoria Violada
Cuando nos tocó ver el cuerpo de mi papá, supe de inmediato, incluso antes que la sábana con olor a muerto se levantara, que semejante cuerpo no le pertenecía a otro que no fuese a él. Mi hermano siempre le llamó sexto sentido a ese simple sentido común, que heredé seguramente de alguna tía lejana, porque ninguno de los Rojas fue capaz alguna vez de ver la mierda de suerte que poseíamos como “familia”.
Sonó el teléfono, y dejé de fumarme el cigarro. La Carlota había dormido hora y media mientras le hacía cariño en su pelaje “quiltril”, esa combinación tan adorable de Asbinio y Balinés. Me tensé. Le dije tantas veces a mi mamá que por más que le prendiera velas a la virgen de la entrada de la casa, a Juan Rojas, la cabeza del núcleo familiar que nunca fue aparecería mutilado, quemado, o fracturado en algún cerro maloliente de Santiago, Chile, o el mundo.
“Deja de hablar hueás, Andrea… Tú no entendís que tu papá es inocente”. Lo que ella jamás entendió, es que yo también lo sabía. No era su culpa, sino del país bodrio en el que crecí y viví desde que tuve memoria. Esa, la cual por justicia, no deberíamos tener capacidad de desarrollar.
“¿Y…?”, pregunté sin moverme del sillón.
Colgó el auricular. “Parece que encontraron el cuerpo de tu papá”
Saberlo y escucharlo no era lo mismo. Se me calló la ceniza en el empeine del pie, y cuando sentí ese pequeño ardor, vi que una de mis teorías era cierta: lo habían quemado.
Doña María del Carmen Ramírez de Rojas, siempre fue la mujer más compuesta de la sociedad media alta del país. Se llenaba la boca de haber criado bien a sus hijos, ser ejemplar dentro y fuera de la casa, comprar con billetes de cinco mil, y como no, ir todos los domingos a misa. Entonces, frente a los ojos de los secundarios, los Rojas Ramírez éramos la prole perfecta: matrimonio, dos hijos, un perro, un gato, piscina y auto. Claro que los sustanciales, sabíamos que la realidad con la puerta cerrada, era otra. Y ahora, la mismísima María del Carmen no supo resolver tremendo lío, ni como ocupar la buena educación, su compostura, la plata, y la misa.
“Hay que llamar a tu hermano… Hablar con el Padre José, cancelar la reunión de té de hoy día… Dejarle dicho a la Rosa que se tome estos días… O que nos… apoye…”. Se calló la careta, y entonces, las lágrimas comenzaron a caer como ríos de tristeza. Los sollozos amargos se escapaban de su garganta, y cayendo de rodillas comenzó su martirio. La Carlota se asustó, y aprovechando su ágil movimiento, paré a mi mamá y la abracé sin darle importancia a su petulancia y a todas las cagadas que había cometido conmigo. Daba lo mismo si después me mandaba a la cresta como cada vez que recordaba que había dejado plantado en el altar al hijo de la Martita Subercaseux, esa vieja cuica de la esquina, reprochándome que me iba a morir soltera, como si realmente el no tener a un hombre estable a mi lado fuera razón de mis desvelas.
Tomamos la liebre en alameda. Joaquín había llegado justo a tiempo, después de haber pedido permiso en el trabajo. Tenía una cara de indolente, que daba asco. Nunca le perdonó al papá exponer a las personas que amaba, como lo hizo. En secreto, era un facho, un maldito y repugnante facho que se dejó influenciar por el suegro. No me hubiese extrañado para nada escuchar que ellos mismos llamaron a los pacos.
“Un día, lo van a venir a buscar, justo cuando no estemos aquí, y acuérdate de esto: lo van a matar. Lo van a matar, y te va a pesar haber cortado la relación con él, weón”, le decía cuando iba a tomar once los sábados en la tarde.
“¿Weón?”, repetía el Marito, su unigénito.
“Andrea, cierra el pico”, me murmuraba enojado, tomando en brazos a su hijo. “La tía esta loca. No tienes que repetir lo que ella diga, ¿bueno?”. Y él fruncía el entrecejo, tratando de considerar cuál de las dos opciones tenían más sentido dentro de su cabecita.
Joaquín tenía la misma expresión. Miraba a mi mamá que iba a un lado de la ventana, y me hacía cariño en la cabeza como cuando éramos chicos, y yo me asustaba porque el vecino se ponía a cantar Frank Sinatra con su voz gutural. Yo sabía que muy en el fondo, mis palabras tenían sentido en su cabeza, y lo confirmé cuando me observó un par de segundos y asintió sin razón aparente.
Cuando nos bajamos, nos quedamos quietos. Ese momento tan anunciado, se había echo presente de una vez por todas en nuestra vida. Las cartas hacía rato estaban sobre la mesa, y entonces, ese instante no era más que la evidencia misma de un día de verano de 1986, cuándo abriendo la reja de su casa, a Juan Rojas lo agarraron sin dejar huellas, metiéndolo dentro de un Wolsvagen, negándonos la posibilidad de darle un beso de despedida, cómo cada vez que hacía uno de sus eternos viajes de negocios.
“Se lo juro vecina. Apenas vi la intención de esos tipos, entré a avisarle a mi marido, pero ¿qué podíamos hacer? Esos hombres tienen más poder que Dios”
Las palabras resonaban en mi cabeza, y ese maldito día soleado era la ironía de alguna fuerza superior a nosotros.
Por eso, cuando comenzaba a ver los vestigios de quién había sido mi padre, ese hombre que fumaba pipa y me sentaba sobre su pierna para contarme que algún día mi país sería libre, no pude evitar querer arrancarme la cabeza y los pelos uno a uno. Con el cuerpo realmente carbonizado y parte de su cara visible, en mi cabeza, mandé lejos los reproches que alguna vez tuve en contra de su predilección por sus ideales, dejando de lado quienes debíamos serlo…
domingo, 8 de enero de 2012
Desahogo
Llega esa hermosa instancia en que pienso en nosotros,y los ojos se me llenan de lágrimas.Esa instancia en donde miro tus fotos,y siento que se me sale el alma.Ese definitivo momento cuando besas impaciente cada una de mis palabras,y te maravillas frente a mis respuestas,yo ante tus miradas.Cuando nos rendimos uno frente al otro,alzando más que la blanca bandera,y deshaciéndonos la boca entre maneras y maneras.Ahí, cuando todo importa realmente poco,saboreando la sonrisa de lado a lado,o tu cuello con mis palmas,tú, mis caderas con fortaleza.Asustados uno frente al otro,sofocados por el calor interno que nos acedia;cuando repites que soy tuya y viceversa;cuando depositas un Te Amo suavemente en mi oreja.Ven, ahora, tómame sin procedencia;acurrúcate al lado mío, arriba, o entre mis piernas.Escucha sin remedio las sentencias de mi lengua,jugando con tus deseos,bailando arriba, bailando de cerca.Y cuando no exista más luz dentro de la habitación que nos alberga,sabremos prender fuego sin esfuerzo,
sin más remedio, ni defensa.
martes, 3 de enero de 2012
4:45
-¿Y quién es el asesino? -Preguntó con la mirada desorbitada.
-Yo misma -Respondí, corriendo al como dicen, "patio de los callados"
lunes, 2 de enero de 2012
Mariposas
Nunca había comprendido por qué les temía, ni tampoco su forma tan aterradora. Solía distraer mi mente, domesticar mis pensamientos, o simplemente salir corriendo, pero en lo más oscuro de mi habitación, cuando cerraba mis ojos con todas las fuerzas, aún así podía verlas dentro de mí, volar cerca de mi cabeza, rozar mis brazos…Un día conversando con mi mamá, lo comprendí todo: en el susurro más nimio de sus cuerdas vocales, confesó que yo, su querida hija Josefina, al morir, una tropa de lunáticas mariposas me habían llevado hasta el lugar de descanso: donde las majaretas perseguían su ilusión.
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