domingo, 30 de diciembre de 2012

"Vida nueva"

No me gusta la pseudo introspección  no por lo menos la que va desde la boca hacia fuera. Menos las que son hechas para el final del año. Nunca he creído que sea una nueva forma de comenzar, sino simplemente, una manera de expiar la culpa, todo eso acompañado con la anhelada y celebre frase para los oídos "año nuevo, vida nueva". Si tuviesen presente que muchos entraron al cajón con la misma puta y solitaria vida... Dejaríamos de creer banalidades. Dejaríamos de pensar que el año que le sigue, como por arte de magia nos traerá alegrías, encantos, que el primero de enero es un día que borra los demás.

Así que yo no vengo a vaciar mi cabeza con argumentos frágiles, a meditar sobre mis errores y mis fallidos actos, porque jamás terminaría de nombrarlos. Sí vengo a agradecer. No son muchas cosas, pero son de peso, son increíbles para el alma y para el espíritu, para las conexiones que tengo hacia la vida, hacia el cielo, hacia todo lo que crece y tiene color, textura, todo lo que se mueve cerca, lejos, incluso sobre lo que aún no conozco, porque sé lo haré.
Seré una muerta de hambre feliz. Escribiré con el estómago lleno de amor y satisfacción. Enseñaré hasta que no existan autores, hasta que no existan letras, hasta que no existan páginas. Me esforzaré con más ganas, especialmente para cumplir los propósitos que he querido para mi vida, la que espero sea larga, para envejecer y ser canosa, muy arrugada, hasta el punto de alimentarme de sonrisas impagables. Alguna vez, una persona a la cual nunca he conocido, dijo que yo soñaba (estúpidamente) con una casa, un auto, un perro. Sí que le achuntó. Anhelo un hogar con olor a galletas, ojalá de jengibre y chocolate. Anhelo una bicicleta para transportarme, cargada de bolsas de papel, con muchos libros dentro, así como anhelo un perro, la inmortal Mía que vivirá para siempre jamás con nosotros, en un departamento barato, céntrico, amoblado con mucho gusto genuino. Ojalá niños. A diferencia de los imbéciles jóvenes contemporáneos, pretendo ser mamá y engordar en base a antojos, para después llorar con un pedazo de torta de chocolate en la boca, por culpa de mi sobre peso. 
El año que ya toca nuestra puerta será mejor que el que se marcha sin despedirse. No porque él lo quiera, sino porque yo lo decido, porque yo confío que será así. Mis energías estarán puestas en un ente que a estas alturas de la vida, nadie quiere conocer, y que yo tengo la bendición de hacer. Porque éste año que pasó corriendo a través de mis ojos, no solo se llevó a mi abuelo y un montón de personas que creí, serían precisas en mi vida; se llevó sobre la espalda, también, un montón de malos momentos que guardé en una bolsa, y que cerré de forma aprensiva. Quedaron las huellas que no me han ayudado a crecer aún, pero que algún día, probablemente veré florecidas, ya sanadas, ya aprendidas. 
No es necesario esperar 365 días para querer ver cambios personales, o de otras personas, o situaciones por las cuales si no nos movimos antes, no nos moveremos nunca. Haga lo que su corazón le susurre ahora. Quizás no vuelva a tener ni "otro año", ni "otra vida".

 Es increíble, por lo demás, finalizar el año sin resentimientos hacia nadie. Perdoné hasta al que no me pidió disculpas.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los veintisiete

Era esa no típica conversación que se lleva a cabo con los pies en el agua, los dedos adormecidos de la fría linfa que se filtraba desde la piel hasta los huesos.
Cuentan que cada vez que esos dos llegaban a la ciudad, el carnavalesco tono de Valparaíso se encendía de tal manera, que los caminantes anónimos quedaban cegados de tanto querer. Las estructuras antiguas tenían aún más ganas de derrumbarse, y el tiempo se disputaba su estadía, así que el sol aparecía de vez en cuando, cada vez que tenía la oportunidad de desplazar a las impertinentes nubes deseosas de proteger del fuerte filtro a esos dos amantes.
Bueno, eso es lo que se escucha en las picadas que los han visto comer. Porque sí que se han devorado la ciudad con su apetito. Dicen que una vez, ambos bosquejaron sobre el mantel desechable la letra de esa canción que se hizo típica después de la serie sobre valorada de un canal nacional. Sueña un sueño despacito entre mis manos,  con una caligrafía típica, pero de molesta ortografía. "Eso sí, yo te la dediqué antes que se hiciera mainstream, conocida, célebre, popularsh, entendida...", cuentan que se escuchó de parte del muchacho, ese joven moreno encantador que nunca aceptó que lo era. Después de la sobre mesa, se comentaba que emprendieron camino cerro arriba, comenzado la típica competencia de sinónimos que nacía desde tan dentro de ellos mismos. Como aquella vez por teléfono cuando aún eran amigos, esas eternas conversaciones que mantenían a escondidas, él de ella y ella de él, de los otros.
Los veintisiete meses juntos se pulieron con golpes y caídas. Por eso se especula que brillan tanto. No por el dinero (pues no tienen ni un peso), ni tampoco por su lujosa ropa (pues ambos, más ella que él, eso sí, optan por la ropa usada, la "americana" para que suene más bonito). Eran uno siendo ellos, incluso por separado. Cantaban por la calle, bailaban de la mano, bailaban con los ojos, bailaban con el pelo y con los músicos de la esquina de cerro Alegre. 
El anochecer comenzó de a poco. La tarde se deshizo en la ventana del metro tren, con la fragilidad de un segundo.
"Dormían las nubes en voz, al verlas", el decía.
"Y el viento besando tus ojos perfume de rancho y madera", ella decía.
"Decíme de donde se viene la noche", el decía.
"Pisando y mojando la tierra, bailando hasta que amanezca", ella decía.
Después de eso, se besaron con los ojos. 
Si supiesen que nosotros lo hicimos primero en Valpolohizo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Fulminante

De un momento a otro te transformaste en espíritu, más allá de la carne y las cenizas que con los zapatos elevabas al caminar. Tu silueta, ínfima e infinita acompañándome a diario, en mis sueños y momentos de lucidez, desde que la luz se asoma inesperadamente por mi ventana, hasta que la luz del farol de la calle comienza a parpadear, a medida la noche se acuesta sobre nosotros.
Perdida en la idea de tu existencia, el anochecer de tus ojos expectantes, las lágrimas de tu último Te Amo sobre mis mejillas, mi boca entre abierta que las absorbe, las saborea salinas, las saborea sinceras. Y a medida que camino me agarras la mano, afable. Las notas de las cuerdas de tu antigua amante, esas que nos envuelven, que nos unen y nos hacen uno. "No la toquís tanto", te celo desde mi lengua, reemplazando el curvilíneo trozo de madera por otro que no lo es tanto, por mí misma, por mis caricias y sentencias amenas a tu oír. 
Me entrego, te entregas, sollozos de mañana, de medio día, de noche, de madrugada. Te canto, me cantas. Bailamos al compás, bailamos con el frenético ritmo de nuestros cuerpos, corcheas, infinitas corcheas. El desamparo de la ropa se hace, repentinamente, nuestra actividad favorita. Me deleito en ti, en mi, en lo que somos. En lo verdadero que nace y crece, que se enrolla como planta llena de vida, colores infinitos que afloran pos mi retina. 
¿Las tonalidades se escuchan? ¿Los sonidos se otean? ¿Se tocan? ¿Se esbozan sobre el oreo de la habitación? No hay luz, no hay fulgor, pero lo veo todo con claridad. Te veo a ti sobre y dentro de mí, con la sonrisa más increíble que alguna vez saboreé. 
Y ahí, yaciendo uno junto a otro, recordé que desde el momento en que las pinturas comenzaron a ser dedicadas... Entonces, todo fue y será fulminante.

Café Lovers, Joseph  Lorussó.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Protector

¿Quién diría que ya ha pasado medio año desde tu último suspiro? 
Se acercan las comidas familiares, las que nos mantienen más unidos que nunca, y tu lugar en la mesa se conservará frío e intacto. Tus ojos emocionados no se presentarán para agradecer a Dios, tu voz queda, tu voz profunda no nos deleitará con tus poemas eternos, versos perdidos en tu memoria, esos que aparecían a medida que las letras se impulsaban desde tu lengua, saltando como por un acantilado. 
Han sido seis meses ya, Guillermo. Seis meses desde que tu nombre se ha ido convirtiendo en eco ante mi mirada, silencio ante mis oídos. Tu mano arrugada no se estirará para acariciarme la cabeza, para susurrarme cuanto me parezco a tus rasgos, especialmente a los internos.
Han sido seis meses de extrañarte a diario, de recordarte sin recompensa aparente... Pero ya será hora de encontrarnos, tata. 
Ya será hora.

I know that feel, bro.

En base a "Unión libre", de André Breton.


Es mi hombre.
Es el que yace en mi cuerpo,
El que se degusta de mis pechos.
El que me susurra,
Tierno y delirante,
Insistente, penetrante.

Es mi hombre.
Es que el que me busca y encuentra,
El que crece fuerte entre mis ideas,
Es el que baila, frenético,
Se deshace en mi boca,
Impetuoso, lento.

Es mi hombre.
El primero de nadie,
El primero de todos.
El último en desearme,
El que me cree todo.


viernes, 14 de diciembre de 2012

La palabra: "Absoluto"


La palabra es la delicia de mi lengua,
el sabor gustoso de mis labios.
Es lo que nace y crece en mi vientre,
lo que doy a luz entre mis piernas.
Es lo que escupo a diario,
ese ocaso que me inunda,
que me ahoga,
que me da respiración boca a boca
y que trago alimentando el alma.
La palabra es mi esposa y amante,
es quien me canta al oído,
la que nunca desafina,
la que no grita sino susurra.
Es la que me toca sin permiso.
La que no pregunta si la amo.
Ella lo sabe.
Sabe cuánto la deseo,
cuánto dejo que ella interceda por mí,
cuánto la necesito.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Anónimo


Calle merced, esquina monjitas. Diecisiete treinta horas. Las baldosas de la vereda adornaban los casuales pasos de Felipe, un tipo pintoso, medio lerdo, con la típica facha de hipster sabelotodo, lector de miradas, escritor de sonidos. Era cosa de observarle la cara para sospechar sobre lo que escondía en esa barba media rubia, desteñida por la cerveza, la típica Amstel light que probó alguna vez en la casa de alguna prima, cuando comenzaba a ser un universitario y dejaba la Baltica por algo un poco más decente.
Ahí, justo ahí, en esa tan concurrida esquina, mientras se fumaba el cigarro con aroma a miel, dibujaba en su cabeza el rostro de los transeúntes típicos del lugar. Los conocía a todos. Sin nombres, sin apellidos. Sin sobrenombres. Simplemente caras, colores, rasgos. Podía ser algo intimidante. La mayoría de los que corrían por el lugar, le devolvían una mirada molesta, un poco confundida. El mismo tipo vago, la misma esquina, la misma miradita intimidante.
No es que Felip tuviese una enfermedad siquiátrica. O sea… Bueno. No una establecida. Se trató a los seis por déficit atencional con hiperactividad. Cuando bebe mucho le da por pensar que gracias al metilfenidato y la dexanfetamina algún tipo de retraso le provocaron. A medida que pasaba el tiempo, más le costaba movilizarse. En su adolescencia fue más músico que futbolista, más dormilón que estudioso. Se formó como un retraído, un silencioso que decidió que estudiar cuando supo de una charla vocacional.
Pero lo que estudiaba, por qué se sentaba en esa esquina, por qué le interesaban los rostros ajenos, probablemente, no importen demasiado. El punto neurálgico de esta historia comienza media hora más tarde, cuando el sol capitalino comenzaba a ponerse naranjo y a descansar de su hostilidad diaria. Todos salían de sus trabajos, cansados, medios zombis dispuestos a chuparle el cerebro a quien se interpusiera entre su camino y su hogar; a maldecir a los lentos, a los apurados, a los que hablan muy fuerte, o muy despacio. Feli apagaba su cigarrillo contra la banca en la que su trasero ya se adormecía, y fue como si se le devolviese la mano.
Primero creyó que se estaba pasando rollos. Una ejecutiva con bolso de mano lo miró fijamente unos segundos, detenidos segundos que se transformaron en minutos. Arrugó su entrecejo y se levantó como de costumbre en dirección a Miraflores, al café de su amigo en dónde, por esos días, vivía. Un hombre de sombrero lo miró sin disimulo. Le susurró algo a su amante, la que caminaba muy apegada a él, y ésta asintió. Ambos lo apuntaron con el dedo. Fel apresuró su paso, dispuesto a correr en caso de acoso. No entendía por qué de pronto, todos lo miraban, como buscando una respuesta en su poco especial existencia.
Los automovilistas se detenían; los trabajadores, los profesores, los estudiantes, los gerentes del lugar, todos y cada uno de ellos lo escrutaban con la pupila, con las pestañas, hasta con las cejas. ¿Qué mierda estaba pasando? ¿Por qué, repentinamente, todos lo hacían sentir extraviado?
Llegó sudando a “Sorbito del Arte”. Su amigo, quien limpiaba el mesón principal se quedó estupefacto, mudo.
-Y voh apareciste –Le dijo acercándose.
-¿Qué chucha les pasa a todos? –Fe se acercó transpirando terror-. Weón, me viste hace una hora.
Pedro, el dueño del café y su amigo de infancia, tomó una hoja blanca, con una foto en blanco y negro que apenas se dilucidaba.
F lo miró, como todos esos rostros, como todos esos rasgos, y no supo descubrir quien sonreía tan incómodamente hacia la cámara.
-¿Y ese quién es?
-Erís tú… Estái desaparecido hace rato.
El tipejo se quedó mudo. La peor parte de la historia, es que nunca supo que se perdió.


viernes, 24 de agosto de 2012

Médula

 Era un sueño híbrido e inconcluso, que susurraba a medida que la efigie pasaba de dibujo a realidad, de realidad a blanco y negro, y de blanco y negro a color. Lucila se encontraba justo en ese umbral perfecto para surcar dónde, cuándo y cómo quisiera. El problema es que siempre le dio terror alzar los pies de la tierra.
De un segundo a otro, un rumor se hizo audible, tan oíble como los ladridos del Leonberger de cincuenta kilos y medio de seis casas más allá. La reiterada filtración de su baño rubricaba un tipo de ritmo singular, constante y decidido, que sin quererlo se sumó al de su corazón, a sus latidos pueriles y cándidos, resonando a esas alturas de la madrugada como un tambor, igualito al de su hermana, ese con el cual solía despertarla los fines de semana de forma sacra.

TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM.

Sus ojos se quisieron abrir raudos, pero se los impidió. La vacilación de su instinto le llamó a gritos que no quería despertar, en caso de realmente no estarlo. Una esencia, espectro, o como se le quisiera denominar en momentos como ese, la observaba. Ella lo sabía sin siquiera hacer ademán de mirar.
Los tobillos le tiritaban, sudaba gélidamente, su aliento se estrangulaba con las palabras que aterradas se escondían en su garganta, tras las cuerdas vocales. Vociferar era su primera intención, pero el recelo comprimido en sus extremidades y cabeza, eran avasalladores.
No supo cuánto fue el intervalo de su conmoción absoluta, pero de un instante a lo que fue un santiamén, un calor suave entabló serenidad en su talle. Repentinos sollozos se hicieron audibles en su habitación, haciéndose eco en la audición de quien la presenciaba atento, vigilante y alerta.

-Te he extrañado tanto –Musitó Lucila, luego de destapar su mirada.

Los brazos de su abuelo se abrieron de par en par, como puertas, como entrada a fundirse en un amor que poco promovía a la salida. Habían sido años, quizás décadas desde que la muchacha ansiaba el palpar de la arrugada y tibia piel de quien la amó tanto. Anhelaba con devoción sus enseñanzas, sus miradas suaves, afables a la atención, a las palabras errantes y las acertadas. Precisaba su sonrisa, la forma en que demostraba su predilección por quienes crió de forma sincera, a quien le debía la vida, la música, el arte, las letras…

-Y yo a ti… Y yo a ti.

Fue un periquete, una nimiedad que la llenó de satisfacción. Le sonrió desde el alma, de esa sustancia formada por él; de esa memoria dibujada y pintada por sus manos ochenteras que descansaban en el abrigo de ese altísimo que le daba consuelo a Lucila cada día, cada noche, cada recuerdo y cada canción que le abrigaba la víscera y la evocación de su senil, hermoso y querido viejo, de quien no solo heredó el apellido, sino también su corazón.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Del griego, solitaria

Mónica disfrutaba del helado de frutilla.
Del helado de frutilla y publicar fotos aleatorias de su gordo gato a un lado de la ventanilla. Publicar fotos aleatorias de su gordo gato a un lado de la ventanilla y no hablar en clases.
No hablar en clases y hablar con ella misma.
Hablar con ella misma y despreciar sus ideas.
Despreciar sus ideas, odiar a la gente.
Odiar a la gente, oler a café.
Oler a café, comer a escondidas.
Comer a escondidas, vomitar en el baño.
Vomitar en el baño, lavarse los dientes.
Lavarse los dientes, besar a Manuel.
Besar a Manuel, hacerle el amor.
Hacerle el amor, sonreír sin propósito.
Sonreír sin propósito, vestirse de gris.
Vestirse de gris, cortarse el pelo porque sí.
Cortarse el pelo porque sí, meterse debajo de su cama.
Meterse debajo de su cama, escribir con delirio.
Escribir con delirio, rascarse la cabeza.
Rascarse la cabeza, dormir gracias a las pastillas.
Dormir gracias a las pastillas, tener pesadillas.
Tener pesadillas, desvelarse hasta el amanecer.
Desvelarse hasta el amanecer, leer a Pizarnik.
Leer a Pizarnik, llorar con Rulfo.
Llorar con Rulfo, quedarse horas mirando el techo.
Quedarse horas mirando el techo, sentir que existe sin razón.
Sentir que existe sin razón, sentir que existe sin razón. 


Fragmento de Eternidad

Caminando por la calle de los recuerdos, llegué a la estación de trenes; cada treinta minutos salía uno con destino al olvido.
Compré mi ticket con veinte lágrimas, y me dirigí al banco de espera con forma de nube, que flotaba en el aire con el video de todos nuestros momentos. El viento facilitó el que mi asiento se moviera, y así comencé a volar.

Pasé por el callejón de la soledad, y di una vuelta en la plazoleta de la desgracia. Divisé a una pareja volar cerca de ahí, acercándose lentamente al cielo rosa marfil; se detuvieron para tomar sus manos, y comenzaron recorrido por el camino de la felicidad.

Deseé hacer lo mismo, pero no estabas ahí para sonreírte. Me sentí una loca, desquiciada: eras completamente una necesidad.

Las estrellas bajaron a hacer su danza, moviéndose con determinada pomposidad, elegancia, exquisitos movimientos, más tú, no abandonaste mi mente. La luz de cada una de ellas me cegó por completo, hasta aparecer nuevamente en la estación vacía solitaria de amor.
El tren llegó, comandado por tu sombra. Baje de mi nube, con ambas manos agarré mi corazón, y caminé por el cordel que me llevaría lejos de aquí; hasta ser detenida por un suspiro.
Estabas ahí, en hueso y carne, vivo junto a mí; sonreíste como la primera vez, haciendo que las atolondradas mariposas de maravillosos colores, abandonaran volando mi estómago, para jugar segundos en nuestros rostros.
Tomaste mi mano, y antes de volar juntos, tiraste al basurero del nunca jamás el ticket; se me reembolsaron las veinte lágrimas derramadas.
Volví a pasar por el callejón de la soledad, pero no me sentía de esa forma; también por la plazoleta de la desgracia, pero yo ya no lo era más. ¿Por qué? Era completamente agradecida de emprender por el camino de la felicidad; nuestro pequeño, pero perfecto fragmento de eternidad...
 Escrito por mí en el lejano 2009, cuando todavía creía en la mera idea de amar.

viernes, 10 de agosto de 2012

Puerta Número Veintiséis.

Los pies de Elías corrían erráticos por los pasillos de aquel departamento. Con el corazón a mil por segundo, la respiración apresurada cómo cada noche de cálido sustento, y aquel putrefacto sentimiento que no lo dejaba pensar con claridad, no hacía más que ignorar el roce del aliento de ese viento filtrado por las pequeñas ventanillas del lugar. En esos interminables pasillos llenos de suspiros, podían estar invadidos de mortíferos elementos, más, a él realmente no le importaba.
Las lamentaciones tardías de su consciente, no hacían más que devorarle la memoria; tener ganas de agarrarla de alguna forma posible, y arrancarla. Ensordecer los oídos internos de su alma, y simplemente ignorar. Ignorar que había procedido mal. Tan mal que ahora le estaba costando su ser, su pensamiento, su razón, su necesidad, su latir diario, su mirada, y su sonrisa matinal.
Ahí todo se estaba transformando eterno, desesperante, cómo si nunca llegase a su destino final. Pero tenía miedo. Un increíble y poco satisfactorio miedo que lo invadía desde más allá de su frente, hasta más acá de los pies. Y maldecía. Maldecía una y otra vez, en su pensar, y en voz baja, e incluso lo gritaba, mientras las manos le carcomían la piel por golpearse a si mismo. Arrancarse los dientes, fracturarse la nariz. Y sí, el lo merecía.
Desesperado, y con la frustración siendo expulsada a través de sus nudillos, comenzó a golpear la puerta del departamento número veintiséis una y otra vez, ignorando la fuerza, la impotencia, y el dolor acumulado en los huesos de su mano.
“¡Lucía!”, gritaba ignorando las miradas discriminadoras y malintencionadas de un par de señoras que abrían la puerta continua a sus gritos. “¡Lucía, ábreme la puerta, por favor!”.
Y así continuaba, intentando atravesar con frustración enclaustrada, aquella puerta que le impedía el paso. ¿Habrían sido ciertas las palabras que repentinamente llegaron a sus oídos? A medida que su mente comenzaba a inundarse con la peor de las noticias, sus ojos hacían lo mismo con lágrimas reprochadoras hacia su persona. Pequeñas, pero verdaderas lágrimas que mojaban el borde de un ojo que jamás había llorado por amor, o algo que se le pareciese.
“Disculpe”, una voz masculina y proveniente de sus espaldas lo sacó de su funeral personal. “Escuché que está buscando a Lucía, joven”.
Elías, quien tiritaba como si la nieve comenzase a carcomerle la morena piel, se volteó lentamente para mirar a un caballero de rasgos definidos y amables. “Si. ¿Sabe dónde podría encontrarla? Me urge… Me urge hablarle”.
“Me temo que no. Lucía se fue a Temuco con su familia. Pero, le ha dejado esto”, estiró su brazo arrugado por los años, y le entregó un sobre blanco, con su nombre escrito a tinta negra, e imprenta de Lucía.
“Muchas gracias”, respondió el atribulado muchacho, mientras veía como el hombre le sonreía amablemente, y entraba nuevamente a su hogar.
Una vez solo, y sin ojos que lo observaran, caminó hasta apoyar su espalda en la puerta número veintiséis, y descendió lentamente hasta caer sentado. Con las manos temblorosas, abrió el sobre intentando no romperlo, más le fue imposible;los nervios romperán la cordura, incluso de un tranquilo e inofensivo sobre de papel.
“No quiero escuchar explicaciones. No quiero escuchar más mentiras, Elías. No quiero saber que harás de tu vida, y tampoco quiero que sepas que sucederá con la mía. Solo quiero que no me busques, porque, no me encontrarás. Será una perdida de tiempo, y una pena circunstancial, después de todo, volverás a los brazos de quien te dio felicidad en tu pasado, y quien irrumpió nuevamente en tu presente… Solo te pido, que si algún rastro de respeto queda de tu parte hacia mí… Que si solo queda algo de respeto, te olvides que alguna vez existí en tu vida, y de los besos, las caricias, las canciones y los poemas con ortografía delicada te escribí. 
Lucía”.
El pequeño mundo dentro de su mundo, se derrumbó. No solo quedaban rastros de respeto hacia la mujer que le dedicaba cada fría línea, si no que además, amor. Había cometido un error, y lo estaba pagando, más, era persona. Un ser humano de los corrientes, de los que se caen como cualquier otro. Y él la necesitaba increíblemente para ser feliz. Él podía notar que ella realmente no quería decirle adiós… No quería decirle adiós al hombre que la había hecho sentirse como la mujer más especial sobre la faz del planeta, del continente, del país, de la ciudad, de sus sábanas, de su piel. Pero Elías sabía, no podría perdonarlo. No podría permitir semejante inconsecuencia, poca compostura, y nada de control.
Los sollozos se hicieron aún más fuertes, acoplándose con los de Lucía, quien se encontraba dentro del departamento, también con la espalda apoyada en la puerta, y derrumbada sobre la alfombra, afirmando su mano, y ocupando toda la fuerza acumulada en su cuerpo para no abrirle la puerta, a quien hizo lo contrario con las de su pequeño infierno racional…

lunes, 16 de julio de 2012

Monde à Part

La prostituta de la esquina solo miraba a los autos pasar.
El panadero de la calle Miraflores no hacía ni vendía pan.
El guitarrista de la 401 no se subió realmente a tocar para sobrevivir.
Ese empresario corrupto, dueño de la fortuna de cincuenta mil familias Chilenas, realmente no robaba.
Y el abogado que éste contrató, no tiene su cabeza puesta en la mentira y el dinero.
Así como tampoco el bacteriólogo se preocupaba de la bacteria,
ni el cardiólogo del corazón,
ni los fotógrafos de la fotografía.
Menos el jardinero del jardín,
para que hablar entonces del traductor, que lo último que hacía era traducir.

No sé en que mundo vivíamos,
tampoco en donde iremos a parar.
Desde hace un par de días, yo dejé de ser la literata que escribía,
la cocinera que te preparaba pie,
la psicóloga que escuchaba cada una de tus penurias,
ni la amante que en la oscuridad te hacía el amor.


lunes, 11 de junio de 2012

Canela y té


Bajó peldaño por peldaño procurando no tropezar. Observó su alrededor. Nada como el olor a canela y té haciendo el amor, hechos uno. El pequeño goteo contra el vidrio de la salita de estar marcaba el inconciente compás que guiaban sus pasos hacia la alacena; el compás de esos zapatos tan roñosos y nuevos a la vez, que le hacían sentir única.
Bueno, Valentina siempre fue así, sui generis de su especie, según le cuenta a su gato cuando se tiende sobre el piso de la cocina, con algún tema de The Carpenters sonando a lo bajo en su reproductor. El visillo entre abierto. El lápiz rojo de los labios ya desteñido de tanto comer chocolates. El mismo olor de canela y té. El mismo pequeño goteo que retumba en la soledad de su casa.
Cuando era pequeña, de cinco o seis años, vio como su padre tomaba dos maletas y salía de la casa sin mirar atrás ni una sola vez. Su madre a un lado, con la sonrisa más falsa que Valentina figuró alguna vez en su cabeza, le tomó la mano y cerró la puerta rápidamente.
“Tranquila mi Chiquitita”, le dijo. “Las despedidas son mucho más fáciles que las partidas, porque al menos, uno sabe lo que deja”.
Años después entendió que significaba esa mutilada y enfrascada frase. El sabía lo que dejaba. Por eso nunca volvió.

El goteo sigue retumbando. Valentina sigue con su gato tendida en el suelo, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo.

Reconoce jamás haberse enamorado. A sus cortos quince años es demasiado intrigante y poco social para encajar en ese mundo alcohólico y sexual que sus compañeros de curso profanan cada fin de semana. Una inadaptada. Una pobre flacuchenta y pálida adolescente, que ni su primer beso ha dado. Bueno, por lo menos el que cuenta. Todavía siente asco de los labios de Julián, esos que babosamente se arrastraron desde el cuello a su boca.
Maldito vodka. Maldita soledad.

El goteo deja de escucharse. El olor a canela y té se desvanece. El gato arranca. Valentina sigue en la fría baldosa, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo, bajo el putrefacto olor a gas.

Valentina no tiene ganas de pararse de ahí.

viernes, 13 de abril de 2012

A nadie le falta Dios

Esta entrada pretende compartir una experiencia de vida real. No sea pesado, no se burle, no me califique con nota menor a 7.0 

Tenía dieciséis y para ese entonces, yo de la vida jamás supe demasiado. Siempre fui criada dentro de los márgenes correspondientes de una familia bien constituida, con valores y reglas ornamentando mesas, sillas, comidas, reuniones. Jamás me encontré frente a situaciones que probablemente muchos adolescentes atravesaban a esa edad: embarazos, comas etílicos, droga, promiscuidad, duda sexual, etc. 
Yo a esas alturas de mi vida, seguía siendo la matea que le gustaba leer, tocar guitarra, y hablar hasta por los codos. Esa, "la Dani" sensible que lloraba cada vez que tenía pena, y que reía a carcajada olímpica, la situación lo meritase o no. La eterna amiga. La que no le daba la pasada a nadie. Tan así, que muchas veces me catalogaron de perra, porque mi respuesta frente a una declaración íntima, de sentimientos, amor, calentura, era una pequeña y fina risita que se me escapaba de entre los dientes... Lo que jamás se entendió, fue que lejos de pertenecer a la calificación de 'burla', pertenecía a la de 'nervios'. Y entonces, todos tenían esa imagen equivocada de ser un rompe corazones; la mojigata calienta sopa, que por el simple hecho de ser simpática, necesariamente le estaba tirando y quitando, a la vez, los churrines a todos.
Desde un tiempo en adelante, en esos lejanos años de pubertad, jamás volví a recibir un papelito dentro de mi estuche que dijera "Hablamos en el recreo... Perico los Palotes". Y así era mejor también. Mi curso estaba compuesto por once hombres y seis mujeres, lo que el dicho "pueblo chico, infierno grande" se hacía carne en cada acontecimiento extra curricular del segundo medio que no tuviese que ver con cuadernos y libros, precisamente.
Y conste que no se trataba que yo tuviese alguna traba con el amor. Muy por el contrario. Mi mamá siempre se había encargado de recalcarme cuan hermosa era la capacidad de amar y entregarse a alguien, sin preocupaciones. También, crecía en un hogar en donde ambos de mis progenitores demostraban su cariño constantemente.
Mi asunto, el de no haberme dado un beso hasta los dieciséis, no iba por la decepción ni nada por el estilo: yo era demasiado exigente.
Mi familia había llegado a esa conclusión en un almuerzo familiar, de esos típicos en donde el tío solterón te pregunta "por qué no estás pololiando si erís tan bonita". Ahí, tú sonríes nerviosamente, y antes que comience una especulación algo incómoda sobre tu sexualidad, aclaras que no tienes ningún tipo de desviación, muy por el contrario; simplemente no te has topado con el indicado.
Me cargaba el tema, y generalmente, por ser la más chica, existía ese hueveo constante. Si con decir que incluso mi mamá me pedía a gritos un yerno. "Que chucha les pasa", pensaba a ratos. Yo sabía que todo eso tenía que llegar en algún momento. Y así fue.
Generalmente los días domingos asistíamos a la iglesia que fue bendecida por mi presencia, desde que tenía tres años. No era católica, apostólica, ni tampoco romana. Era Cristriana Carismática, y ahí las reuniones comenzaban y terminaban con alabanzas, cánticos dedicados a Dios.
No quise interpretarlo de inmediato como intervención o revelación divina, pero ahí, al final de la prédica cuando juntos como ovejas descarriadas nos disponemos a alabar, escuché una voz que destacó entre todas. Entonces, comenzó un colapso interno. Jamás había escuchado semejante voz masculina, cantando de la forma en que, ese anónimo delante de mí, hacía.
Se llamaba Hugo. No como el de la mezcla de leche y jugo (su broma más odiada), pero si más dulce que eso. Lo demostraba al reir, al hablar, al mirar. Era de esos hombres que la sensibilidad le brotaba por los poros; tenía tema, y jamás se hacían presentes silencios incómodos. ¿Lo mejor? Era el primer hombre del cual sentía atención; no de esa fingida, no porque quisiera atacar y marchar... 
"¿Estay pololiando?", me preguntó mi papá. "¿De verdad?". La sola idea suponía de inmediato que esto terminaría pronto. Por alguna razón machista, siempre me dijeron que la inexperiencia amorosa jugaba siempre en contra. Mentira. Que las ex son un martirio para quienes no saben manejarlo. Mentira (ni tanto). Que se aburriría rápido. Menos.
Al pasar los años, los meses, los días con el por fin existente "yerno" de la familia, me enseñé a mis misma muchas cosas. Principalmente, que esperar fue bueno; lo de perra, mojigata, y quizás cuanto más, fueron solo un detalle sin importancia. También, que es bueno escuchar el corazón, pero es mejor ponerle atención al sexto sentido, ese radar que aleja a quienes no valen la pena. Aprendí que la paciencia hizo camino al regalo más grande que la vida me ha dado hasta ahora, que es el amar y que te amen de vuelta.
Así que, usted, lector. No se desespere. Si anda buscando (o le buscan) pareja hasta por debajo de las piedras, tenga siempre en cuenta que existe esa persona creada para cada uno. "Toda mañana es la pizarra en donde te invento y te dibujo", dijo Cortázar; se, que todo aquel que quiera amar, tendrá esa oportunidad. Y si no me cree a mí, créale a la frase casi bíblica de todos los tiempos: "A nadie le falta Dios".

lunes, 27 de febrero de 2012

Todavía

Mi alma dio un grito de espanto, paralizándose y perdiendo todo tipo de cordura y cordialidad. Las pupilas se me dilataron; las manos, se humedecieron del  vestigio de tu piel, que creí tontamente, se había ido con unos cuantos lavados. Y es por eso, que desde recién caminante, supe que ni el mejor jabón sabe borrar lo dulce de la piel.
Pensé que te había olvidado. Pensé que no recordaba ni tu voz, ni tus garabatos mal dichos, ni tus reproches a las dos de la mañana, mitad curado, mitad sobrio de realidad; pensé que ya no te quería, que no te necesitaba, y que el verte con otra  no me produciría tanta angustia, tanto veneno en la boca: tantas ganas de convertirme en la asesina que solo en pensamientos, siempre fui.

Cristian: todavía te Amo. 

martes, 7 de febrero de 2012

Pero-grullada

Y mirándote así, aquí, feliz, sonriente y enamorada, te repito que podría estar toda una vida entera, de asperezas y cortesías a tu lado… Para siempre.

martes, 31 de enero de 2012

Altar

Entonces, cuando miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, la sonrisa que denominábamos nuestra se ensanchó de comisura a comisura. Habían sido años esperando tenerte así frente a mí; habían sido años de sueños, de esperanzas, de risas, de llantos, pero por sobre todo, de amor, de paciencia, de soportar caídas, asperezas, y celebrar lo bueno, el levantarse, y lo maravilloso que significaba crecer a tu lado, aprendiendo de lo que no creí jamás hacer: entregarme en cuerpo, pero más en alma.
Ahí, con el corazón irreprochablemente desbocado, me era inevitable no recordar cosas que creí sepultadas hacía mucho tiempo. Cosas que me llevaron a ser el hombre que considero, soy, por mucho que insistas en que sigo siendo un niño al correr a la confitería de mi abuelo, o te imploro ese magnífico pastel de chocolate que solo tus manos saben hacer. Hasta cuando reclamo porque la comida llevaba demasiada cebolla, o pepinillos, o el pimentón que tú, a diferencia de mí, te comes a mordiscos.
En ese momento, me seguía sintiendo el adolescente que conociste un tímido y frío día de julio; ese día en que las miradas, las risitas indiscretas, los saludos furtivos y los nervios de intriga se concretaron en una bonita y agradable conversación. Ambos, aunque con el pasado cargado en la espalda, comenzamos a sentirnos repentinamente más livianos. Era increíble la tranquilidad que me inundaba de pies a cabeza; la seguridad de confesarte tanto solo con el hecho de fijar mis ojos en esos enormes y profundos tuyos. Y entonces, éramos dos evidentes muchachos que se gustaban, dentro de una burbuja impenetrable en dónde nadie se atrevía a irrumpir, aunque nos encontrásemos en el cumpleaños de tu mejor amiga, y ella mordiéndose la lengua, entendía que lo que estaba sucediendo ahí, entre nosotros, le sucedía a las personas una sola vez en la vida: encontrar tu complemento.
Hasta hoy, con la iglesia expectante, tu madre y la mía llorando de emoción, mi papá sonriendo, el tuyo intentando demostrar normalidad, tu hermana mirándote con orgullo, y las mías sintiendo que finalmente daba ese enorme paso de forma segura, sigo sintiendo que eres la mujer más hermosa que alguna vez conocí, o que solo se me haya pasado por enfrente; la más dedicada, cocinera, mal genio, irritable, talentosa, y virtuosa que Dios podría haberme regalado… Y sigo sin entender como pudiste aceptarme así, tal cual soy, tal cual seré. Imagino que allá en el cielo, solo se escucharon las plegarias que con tanto ahínco pedí.
Ignoro si existe pareja igual a la de nosotros. Si acaso pisa la tierra un Ernesto que entregó todo lo que tuvo, o alguna Antonia que se enamoró hasta las patas. Pero si sé, que los imponderables jamás nos tocarán. Que la protección que poseemos desde ese momento, en que miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, no podría ser mejor, por el simple hecho de que tú, mi cielo y mis anhelos hechos carne, al fin, te convertías en mi mujer.

miércoles, 25 de enero de 2012

Memoria Violada

Cuando nos tocó ver el cuerpo de mi papá, supe de inmediato, incluso antes que la sábana con olor a muerto se levantara, que semejante cuerpo no le pertenecía a otro que no fuese a él. Mi hermano siempre le llamó sexto sentido a ese simple sentido común, que heredé seguramente de alguna tía lejana, porque ninguno de los Rojas fue capaz alguna vez de ver la mierda de suerte que poseíamos como “familia”.
Sonó el teléfono, y dejé de fumarme el cigarro. La Carlota había dormido hora y media mientras le hacía cariño en su pelaje “quiltril”, esa combinación tan adorable de Asbinio y Balinés. Me tensé. Le dije tantas veces a mi mamá que por más que le prendiera velas a la virgen de la entrada de la casa, a Juan Rojas, la cabeza del núcleo familiar que nunca fue aparecería mutilado, quemado, o fracturado en algún cerro maloliente de Santiago, Chile, o el mundo.
 “Deja de hablar hueás, Andrea… Tú no entendís que tu papá es inocente”. Lo que ella jamás entendió, es que yo también lo sabía. No era su culpa, sino del país bodrio en el que crecí y viví desde que tuve memoria. Esa, la cual por justicia, no deberíamos tener capacidad de desarrollar.
“¿Y…?”, pregunté sin moverme del sillón.
Colgó el auricular. “Parece que encontraron el cuerpo de tu papá”
Saberlo y escucharlo no era lo mismo. Se me calló la ceniza en el empeine del pie, y cuando sentí ese pequeño ardor, vi que una de mis teorías era cierta: lo habían quemado.
Doña María del Carmen Ramírez de Rojas, siempre fue la mujer más compuesta de la sociedad media alta del país. Se llenaba la boca de haber criado bien a sus hijos, ser ejemplar dentro y fuera de la casa, comprar con billetes de cinco mil, y como no, ir todos los domingos a misa. Entonces, frente a los ojos de los secundarios, los Rojas Ramírez éramos la prole perfecta: matrimonio, dos hijos, un perro, un gato, piscina y auto. Claro que los sustanciales, sabíamos que la realidad con la puerta cerrada, era otra. Y ahora, la mismísima María del Carmen no supo resolver tremendo lío, ni como ocupar la buena educación, su compostura, la plata, y la misa.
“Hay que llamar a tu hermano… Hablar con el Padre José, cancelar la reunión de té de hoy día… Dejarle dicho a la Rosa que se tome estos días… O que nos… apoye…”. Se calló la careta, y entonces, las lágrimas comenzaron a caer como ríos de tristeza. Los sollozos amargos se escapaban de su garganta, y cayendo de rodillas comenzó su martirio. La Carlota se asustó, y aprovechando su ágil movimiento, paré a mi mamá y la abracé sin darle importancia a su petulancia y a todas las cagadas que había cometido conmigo. Daba lo mismo si después me mandaba a la cresta como cada vez que recordaba que había dejado plantado en el altar al hijo de la Martita Subercaseux, esa vieja cuica de la esquina, reprochándome que me iba a morir soltera, como si realmente el no tener a un hombre estable a mi lado fuera razón de mis desvelas.

Tomamos la liebre en alameda. Joaquín había llegado justo a tiempo, después de haber pedido permiso en el trabajo. Tenía una cara de indolente, que daba asco. Nunca le perdonó al papá exponer a las personas que amaba, como lo hizo. En secreto, era un facho, un maldito y repugnante facho que se dejó influenciar por el suegro. No me hubiese extrañado para nada escuchar que ellos mismos llamaron a los pacos.
“Un día, lo van a venir a buscar, justo cuando no estemos aquí, y acuérdate de esto: lo van a matar. Lo van a matar, y te va a pesar haber cortado la relación con él, weón”, le decía cuando iba a tomar once los sábados en la tarde.
“¿Weón?”, repetía el Marito, su unigénito.
“Andrea, cierra el pico”, me murmuraba enojado, tomando en brazos a su hijo. “La tía esta loca. No tienes que repetir lo que ella diga, ¿bueno?”. Y él fruncía el entrecejo, tratando de considerar cuál de las dos opciones tenían más sentido dentro de su cabecita.
Joaquín tenía la misma expresión. Miraba a mi mamá que iba a un lado de la ventana, y me hacía cariño en la cabeza como cuando éramos chicos, y yo me asustaba porque el vecino se ponía a cantar Frank Sinatra con su voz gutural. Yo sabía que muy en el fondo, mis palabras tenían sentido en su cabeza, y lo confirmé cuando me observó un par de segundos y asintió sin razón aparente.
Cuando nos bajamos, nos quedamos quietos. Ese momento tan anunciado, se había echo presente de una vez por todas en nuestra vida. Las cartas hacía rato estaban sobre la mesa, y entonces, ese instante no era más que la evidencia misma de un día de verano de 1986, cuándo abriendo la reja de su casa, a Juan Rojas lo agarraron sin dejar huellas, metiéndolo dentro de un Wolsvagen, negándonos la posibilidad de darle un beso de despedida, cómo cada vez que hacía uno de sus eternos viajes de negocios.
“Se lo juro vecina. Apenas vi la intención de esos tipos, entré a avisarle a mi marido, pero ¿qué podíamos hacer? Esos hombres tienen más poder que Dios”
Las palabras resonaban en mi cabeza, y ese maldito día soleado era la ironía de alguna fuerza superior a nosotros.
Por eso, cuando comenzaba a ver los vestigios de quién había sido mi padre, ese hombre que fumaba pipa y me sentaba sobre su pierna para contarme que algún día mi país sería libre, no pude evitar querer arrancarme la cabeza y los pelos uno a uno. Con el cuerpo realmente carbonizado y parte de su cara visible, en mi cabeza, mandé lejos los reproches que alguna vez tuve en contra de su predilección por sus ideales, dejando de lado quienes debíamos serlo…

domingo, 8 de enero de 2012

Desahogo


Llega esa hermosa instancia en que pienso en nosotros,
y los ojos se me llenan de lágrimas.
Esa instancia en donde miro tus fotos,
y siento que se me sale el alma.
Ese definitivo momento cuando besas impaciente cada una de mis palabras,
y te maravillas frente a mis respuestas,
yo ante tus miradas.
Cuando nos rendimos uno frente al otro,
alzando más que la blanca bandera,
y deshaciéndonos la boca entre maneras y maneras.
Ahí, cuando todo importa realmente poco,
saboreando la sonrisa de lado a lado,
o tu cuello con mis palmas,
tú, mis caderas con fortaleza.
Asustados uno frente al otro,
sofocados por el calor interno que nos acedia;
cuando repites que soy tuya y viceversa;
cuando depositas un Te Amo suavemente en mi oreja.
Ven, ahora, tómame sin procedencia;
acurrúcate al lado mío, arriba, o entre mis piernas.
Escucha sin remedio las sentencias de mi lengua,
jugando con tus deseos,
bailando arriba, bailando de cerca.
Y cuando no exista más luz dentro de la habitación que nos alberga,
sabremos prender fuego sin esfuerzo, 
sin más remedio, ni defensa.

martes, 3 de enero de 2012

4:45


-¿Y quién es el asesino? -Preguntó con la mirada desorbitada.
-Yo misma -Respondí, corriendo al como dicen, "patio de los callados"

lunes, 2 de enero de 2012

Mariposas

Nunca había comprendido por qué les temía, ni tampoco su forma tan aterradora. Solía distraer mi mente, domesticar mis pensamientos, o simplemente salir corriendo, pero en lo más oscuro de mi habitación, cuando cerraba mis ojos con todas las fuerzas, aún así podía verlas dentro de mí, volar cerca de mi cabeza, rozar mis brazos…
Un día conversando con mi mamá, lo comprendí todo: en el susurro más nimio de sus cuerdas vocales, confesó que yo, su querida hija Josefina, al morir, una tropa de lunáticas mariposas me habían llevado hasta el lugar de descanso: donde las majaretas perseguían su ilusión.