sábado, 4 de mayo de 2013

Drenaje

Me sirvo el café, y en medio de una conversación conmigo misma, me pregunto por qué y cómo he llegado hasta acá. Me cuesta tanto creerme el cuento. Me cuesta infinidades de lecturas aceptar que el abecedario completo ha pasado una y otra vez delante mi pupila, y el iris, y se ha quedado enredado entre mis pestañas cuando estoy cansada, y las ojeras cumplen la función de almohada para arroparlas. El proceso se convierte en un hábito esplendoroso, uno que se repite tantas veces que parecen déjà vu. Un "tú y yo nos hemos leído con anterioridad". 
Como pocas veces a lo largo de mi vida, siento el corazón lleno y expectante; el estómago dispuesto a digerir cualquier cosa, a esperar lo mejor de quienes me pueden entregar lo peor. Mi necesaria porción de arte se va colmando paso a paso, piano a piano. Me sigo enamorando de quien ha sido mi eterno compañero, el que no me suelta la mano. 
Me restriego los ojos. Tierra llamando a Daniela. El café está frío, como siempre.


 ¿por qué salir o disfrutar con tu compañero sí puedes hacer un trabajo de  Literatura Española I?
No hay dónde perderse.

jueves, 2 de mayo de 2013

Encuentros cercanos del primer tipo


Por Daniela Rodríguez

El primer acercamiento al cine en la vida de los individuos, es un hito. Es un recuerdo, algo así como una mancha borrosa de colores que visita la memoria de vez en vez. La primera experiencia podría resultar fascinante o fatal, e incluso podría definir los gustos y las contemplaciones favoritas a largo plazo.
La “primera vez”, no necesariamente se acerca a la primera película. Existe una millonadas de personas que pisan el planeta tierra que han visto galaxias de películas, a lo largo de sus temáticas y modo, uno, dos, o tres de. Pero siempre llega un momento, uno preciso, uno vulnerable, uno incierto, uno plasmado de subjetividad, que lleva al reencuentro con un antiguo o futuro yo. Ese preciso momento, el del ensanchamiento de la pupila, la lágrima que corre hacia el infinito del labio, el corazón a mil por segundo después de una escena, ese, justo ese momento es a lo que llamaría experiencia
Para no recurrir directamente a un yo, e intentar explicar la diferencia que propongo de manera poco original, hablaré de Luisa. La primera película que recuerda haber visto a conciencia fue La Cenicienta, la típica versión de Disney en VHS, con el “holograma de Mickey en el lomo”. Con cinco o seis años de edad, le impresionaba la maldad de las hermanastras, carácter aprendido de una madrastra perversa y ahorcable. Aún así, no provocó mucho más en sus entrañas, y muchas películas que le siguieron, continuaron en la misma sintonía: un pasatiempo, una entretención momentánea, etc.
Diferente fue su primera experiencia. Tenía alrededor de once años, y su papá había arrendado en el BlockBuster de cerca de su casa, una película con carátula de aspecto antiguo de título La vida es bella. Paradójicamente, con ella aprendió que no lo era tanto, pero que en final de cuentas, después de muchas sumas, restas, divisiones y raíces cuadradas, dependía de cada uno que lo fuese. Con esa película lloró hasta el último suspiro, angustiada por el esfuerzo de ese papá que tanto amó, y de la manera en que a su vida le pusieron fin, sin mencionar el contexto que poco entendía con respecto al holocausto Nazi, cámaras de gas, mucha gente hacinada, y un sinfín de cosas que se contraponían con la lucha de Guido por conquistar a su principessa, de la cual se enamoró sin titubear ni una, ni una sola vez.
En resumidas cuentas, es bueno considerar la diferencia entre algo que viste, y algo que observaste. Creo que muy es difícil (aunque no imposible) tener una real y única experiencia con la primera película que se ve. El simpatizar, el sentir junto con una película, es algo que se da con cierto registro de emociones culmines, que terminan en el entendimiento, ya sea objetivo o personal, de ciertos códigos. He ahí, cuando nace la veteranía del cine.


Escrito para Taller de Ensayo. Literatura Creativa, 2013.