A medida que camino y me caigo, más cosas entiendo.Los rasmillones son parte de la vida. También los pies marchitos, azulosos, perdidos en el calor subterráneo que emana del subsuelo, al suelo, al sub sub cielo.Me siento en la vereda, enciendo un cigarrito, los aspiro como al olor de los alelíes que crecen en la casa vecina y espero. Miro mi celular, observo las fotos guardadas desde hace siglos, espero. Miro mi reloj, bostezo, espero. Pongo mis labios sobre la colilla del cigarrito, lo apretó entre el superior y el inferior, es lo único que he besado desde hace meses, y pienso que todo podría haber sido distinto mientras sigo esperando. Espero. Es-pero. Pero ¿qué? Me pregunto si queda algo por lo cual seguir reconstruyendo el corazón, el alma, y todo lo que emana de él.¿Y si en realidad lo entregué todo y ya no me queda nada más por dar?Me quemo la punta de los dedos. Tiro las cenizas hacia la calle. Un auto pasa a toda velocidad, me roza el cuerpo y no lo siento.