Calle merced, esquina
monjitas. Diecisiete treinta horas. Las baldosas de la vereda adornaban los
casuales pasos de Felipe, un tipo pintoso, medio lerdo, con la típica facha de
hipster sabelotodo, lector de miradas, escritor de sonidos. Era cosa de observarle
la cara para sospechar sobre lo que escondía en esa barba media rubia,
desteñida por la cerveza, la típica Amstel
light que probó alguna vez en la casa de alguna prima, cuando comenzaba a
ser un universitario y dejaba la Baltica
por algo un poco más decente.
Ahí, justo ahí, en esa tan
concurrida esquina, mientras se fumaba el cigarro con aroma a miel, dibujaba en
su cabeza el rostro de los transeúntes típicos del lugar. Los conocía a todos.
Sin nombres, sin apellidos. Sin sobrenombres. Simplemente caras, colores,
rasgos. Podía ser algo intimidante. La mayoría de los que corrían por el lugar,
le devolvían una mirada molesta, un poco confundida. El mismo tipo vago, la
misma esquina, la misma miradita intimidante.
No es que Felip tuviese una
enfermedad siquiátrica. O sea… Bueno. No una establecida. Se trató a los seis
por déficit atencional con hiperactividad. Cuando bebe mucho le da por pensar
que gracias al metilfenidato y la dexanfetamina algún tipo de retraso le
provocaron. A medida que pasaba el tiempo, más le costaba movilizarse. En su
adolescencia fue más músico que futbolista, más dormilón que estudioso. Se
formó como un retraído, un silencioso que decidió que estudiar cuando supo de
una charla vocacional.
Pero lo que estudiaba, por qué
se sentaba en esa esquina, por qué le interesaban los rostros ajenos,
probablemente, no importen demasiado. El punto neurálgico de esta historia
comienza media hora más tarde, cuando el sol capitalino comenzaba a ponerse
naranjo y a descansar de su hostilidad diaria. Todos salían de sus trabajos,
cansados, medios zombis dispuestos a chuparle el cerebro a quien se
interpusiera entre su camino y su hogar; a maldecir a los lentos, a los
apurados, a los que hablan muy fuerte, o muy despacio. Feli apagaba su
cigarrillo contra la banca en la que su trasero ya se adormecía, y fue como si
se le devolviese la mano.
Primero creyó que se estaba
pasando rollos. Una ejecutiva con bolso de mano lo miró fijamente unos
segundos, detenidos segundos que se transformaron en minutos. Arrugó su
entrecejo y se levantó como de costumbre en dirección a Miraflores, al café de
su amigo en dónde, por esos días, vivía. Un hombre de sombrero lo miró sin
disimulo. Le susurró algo a su amante, la que caminaba muy apegada a él, y ésta
asintió. Ambos lo apuntaron con el dedo. Fel apresuró su paso, dispuesto a
correr en caso de acoso. No entendía por qué de pronto, todos lo miraban, como
buscando una respuesta en su poco especial existencia.
Los automovilistas se
detenían; los trabajadores, los profesores, los estudiantes, los gerentes del
lugar, todos y cada uno de ellos lo escrutaban con la pupila, con las pestañas,
hasta con las cejas. ¿Qué mierda estaba pasando? ¿Por qué, repentinamente,
todos lo hacían sentir extraviado?
Llegó sudando a “Sorbito del
Arte”. Su amigo, quien limpiaba el mesón principal se quedó estupefacto, mudo.
-Y voh apareciste –Le dijo
acercándose.
-¿Qué chucha les pasa a todos?
–Fe se acercó transpirando terror-. Weón, me viste hace una hora.
Pedro, el dueño del café y su
amigo de infancia, tomó una hoja blanca, con una foto en blanco y negro que
apenas se dilucidaba.
F lo miró, como todos esos
rostros, como todos esos rasgos, y no supo descubrir quien sonreía tan
incómodamente hacia la cámara.
-Erís tú… Estái desaparecido
hace rato.
El tipejo se quedó mudo. La peor parte de la
historia, es que nunca supo que se perdió.
