Por Daniela Rodríguez
El
primer acercamiento al cine en la vida de los individuos, es un hito. Es un
recuerdo, algo así como una mancha borrosa de colores que visita la memoria de
vez en vez. La primera experiencia podría resultar fascinante o fatal, e
incluso podría definir los gustos y las contemplaciones favoritas a largo
plazo.
La
“primera vez”, no necesariamente se acerca a la primera película. Existe una
millonadas de personas que pisan el planeta tierra que han visto galaxias de
películas, a lo largo de sus temáticas y modo, uno, dos, o tres de. Pero
siempre llega un momento, uno preciso, uno vulnerable, uno incierto, uno
plasmado de subjetividad, que lleva al reencuentro con un antiguo o futuro yo.
Ese preciso momento, el del ensanchamiento de la pupila, la lágrima que corre
hacia el infinito del labio, el corazón a mil por segundo después de una
escena, ese, justo ese momento es a lo que llamaría experiencia.
Para
no recurrir directamente a un yo, e intentar explicar la diferencia que
propongo de manera poco original, hablaré de Luisa. La primera película que
recuerda haber visto a conciencia fue La
Cenicienta, la típica versión de Disney en VHS, con el “holograma de Mickey
en el lomo”. Con cinco o seis años de edad, le impresionaba la maldad de las
hermanastras, carácter aprendido de una madrastra perversa y ahorcable. Aún
así, no provocó mucho más en sus entrañas, y muchas películas que le siguieron,
continuaron en la misma sintonía: un pasatiempo, una entretención momentánea,
etc.
Diferente
fue su primera experiencia. Tenía alrededor de once años, y su papá había
arrendado en el BlockBuster de cerca de su casa, una película con carátula de
aspecto antiguo de título La vida es
bella. Paradójicamente, con ella aprendió que no lo era tanto, pero que en
final de cuentas, después de muchas sumas, restas, divisiones y raíces
cuadradas, dependía de cada uno que lo fuese. Con esa película lloró hasta el
último suspiro, angustiada por el esfuerzo de ese papá que tanto amó, y de la
manera en que a su vida le pusieron fin, sin mencionar el contexto que poco
entendía con respecto al holocausto Nazi, cámaras de gas, mucha gente hacinada,
y un sinfín de cosas que se contraponían con la lucha de Guido por conquistar a
su principessa, de la cual se enamoró
sin titubear ni una, ni una sola
vez.
En
resumidas cuentas, es bueno considerar la diferencia entre algo que viste, y
algo que observaste. Creo que muy es difícil (aunque no imposible) tener una real
y única experiencia con la primera película que se ve. El simpatizar, el sentir
junto con una película, es algo que se da con cierto registro de emociones
culmines, que terminan en el entendimiento, ya sea objetivo o personal, de
ciertos códigos. He ahí, cuando nace la veteranía del cine.
Escrito para Taller de Ensayo. Literatura Creativa, 2013.
