Era un sueño híbrido e inconcluso, que susurraba a medida que la efigie pasaba de dibujo a realidad, de realidad a blanco y negro, y de blanco y negro a color. Lucila se encontraba justo en ese umbral perfecto para surcar dónde, cuándo y cómo quisiera. El problema es que siempre le dio terror alzar los pies de la tierra.De un segundo a otro, un rumor se hizo audible, tan oíble como los ladridos del Leonberger de cincuenta kilos y medio de seis casas más allá. La reiterada filtración de su baño rubricaba un tipo de ritmo singular, constante y decidido, que sin quererlo se sumó al de su corazón, a sus latidos pueriles y cándidos, resonando a esas alturas de la madrugada como un tambor, igualito al de su hermana, ese con el cual solía despertarla los fines de semana de forma sacra.TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM. TUM.Sus ojos se quisieron abrir raudos, pero se los impidió. La vacilación de su instinto le llamó a gritos que no quería despertar, en caso de realmente no estarlo. Una esencia, espectro, o como se le quisiera denominar en momentos como ese, la observaba. Ella lo sabía sin siquiera hacer ademán de mirar.Los tobillos le tiritaban, sudaba gélidamente, su aliento se estrangulaba con las palabras que aterradas se escondían en su garganta, tras las cuerdas vocales. Vociferar era su primera intención, pero el recelo comprimido en sus extremidades y cabeza, eran avasalladores.No supo cuánto fue el intervalo de su conmoción absoluta, pero de un instante a lo que fue un santiamén, un calor suave entabló serenidad en su talle. Repentinos sollozos se hicieron audibles en su habitación, haciéndose eco en la audición de quien la presenciaba atento, vigilante y alerta.-Te he extrañado tanto –Musitó Lucila, luego de destapar su mirada.Los brazos de su abuelo se abrieron de par en par, como puertas, como entrada a fundirse en un amor que poco promovía a la salida. Habían sido años, quizás décadas desde que la muchacha ansiaba el palpar de la arrugada y tibia piel de quien la amó tanto. Anhelaba con devoción sus enseñanzas, sus miradas suaves, afables a la atención, a las palabras errantes y las acertadas. Precisaba su sonrisa, la forma en que demostraba su predilección por quienes crió de forma sincera, a quien le debía la vida, la música, el arte, las letras…-Y yo a ti… Y yo a ti.Fue un periquete, una nimiedad que la llenó de satisfacción. Le sonrió desde el alma, de esa sustancia formada por él; de esa memoria dibujada y pintada por sus manos ochenteras que descansaban en el abrigo de ese altísimo que le daba consuelo a Lucila cada día, cada noche, cada recuerdo y cada canción que le abrigaba la víscera y la evocación de su senil, hermoso y querido viejo, de quien no solo heredó el apellido, sino también su corazón.
viernes, 24 de agosto de 2012
Médula
miércoles, 22 de agosto de 2012
Del griego, solitaria
Mónica disfrutaba del helado de
frutilla.
Del helado de frutilla y publicar
fotos aleatorias de su gordo gato a un lado de la ventanilla. Publicar fotos aleatorias
de su gordo gato a un lado de la ventanilla y no hablar en clases.
No hablar en clases y hablar con ella
misma.
Hablar con ella misma y despreciar sus
ideas.
Despreciar sus ideas, odiar a la
gente.
Odiar a la gente, oler a café.
Oler a café, comer a escondidas.
Comer a escondidas, vomitar en el
baño.
Vomitar en el baño, lavarse los
dientes.
Lavarse los dientes, besar a Manuel.
Besar a Manuel, hacerle el amor.
Hacerle el amor, sonreír sin
propósito.
Sonreír sin propósito, vestirse de
gris.
Vestirse de gris, cortarse el pelo
porque sí.
Cortarse el pelo porque sí, meterse
debajo de su cama.
Meterse debajo de su cama, escribir
con delirio.
Escribir con delirio, rascarse la
cabeza.
Rascarse la cabeza, dormir gracias a
las pastillas.
Dormir gracias a las pastillas, tener
pesadillas.
Tener pesadillas, desvelarse hasta el
amanecer.
Desvelarse hasta el amanecer, leer a
Pizarnik.
Leer a Pizarnik, llorar con Rulfo.
Llorar con Rulfo, quedarse horas
mirando el techo.
Quedarse horas mirando el techo,
sentir que existe sin razón.
Sentir que existe sin razón, sentir
que existe sin razón.
Fragmento de Eternidad
Caminando por la calle de los recuerdos, llegué a la estación de trenes; cada treinta minutos salía uno con destino al olvido.Compré mi ticket con veinte lágrimas, y me dirigí al banco de espera con forma de nube, que flotaba en el aire con el video de todos nuestros momentos. El viento facilitó el que mi asiento se moviera, y así comencé a volar.
Pasé por el callejón de la soledad, y di una vuelta en la plazoleta de la desgracia. Divisé a una pareja volar cerca de ahí, acercándose lentamente al cielo rosa marfil; se detuvieron para tomar sus manos, y comenzaron recorrido por el camino de la felicidad.
Deseé hacer lo mismo, pero no estabas ahí para sonreírte. Me sentí una loca, desquiciada: eras completamente una necesidad.
Las estrellas bajaron a hacer su danza, moviéndose con determinada pomposidad, elegancia, exquisitos movimientos, más tú, no abandonaste mi mente. La luz de cada una de ellas me cegó por completo, hasta aparecer nuevamente en la estación vacía solitaria de amor.El tren llegó, comandado por tu sombra. Baje de mi nube, con ambas manos agarré mi corazón, y caminé por el cordel que me llevaría lejos de aquí; hasta ser detenida por un suspiro.Estabas ahí, en hueso y carne, vivo junto a mí; sonreíste como la primera vez, haciendo que las atolondradas mariposas de maravillosos colores, abandonaran volando mi estómago, para jugar segundos en nuestros rostros.Tomaste mi mano, y antes de volar juntos, tiraste al basurero del nunca jamás el ticket; se me reembolsaron las veinte lágrimas derramadas.Volví a pasar por el callejón de la soledad, pero no me sentía de esa forma; también por la plazoleta de la desgracia, pero yo ya no lo era más. ¿Por qué? Era completamente agradecida de emprender por el camino de la felicidad; nuestro pequeño, pero perfecto fragmento de eternidad...
Escrito por mí en el lejano 2009, cuando todavía creía en la mera idea de amar.
viernes, 10 de agosto de 2012
Puerta Número Veintiséis.
Los pies de Elías corrían erráticos por los pasillos de aquel departamento. Con el corazón a mil por segundo, la respiración apresurada cómo cada noche de cálido sustento, y aquel putrefacto sentimiento que no lo dejaba pensar con claridad, no hacía más que ignorar el roce del aliento de ese viento filtrado por las pequeñas ventanillas del lugar. En esos interminables pasillos llenos de suspiros, podían estar invadidos de mortíferos elementos, más, a él realmente no le importaba.Las lamentaciones tardías de su consciente, no hacían más que devorarle la memoria; tener ganas de agarrarla de alguna forma posible, y arrancarla. Ensordecer los oídos internos de su alma, y simplemente ignorar. Ignorar que había procedido mal. Tan mal que ahora le estaba costando su ser, su pensamiento, su razón, su necesidad, su latir diario, su mirada, y su sonrisa matinal.Ahí todo se estaba transformando eterno, desesperante, cómo si nunca llegase a su destino final. Pero tenía miedo. Un increíble y poco satisfactorio miedo que lo invadía desde más allá de su frente, hasta más acá de los pies. Y maldecía. Maldecía una y otra vez, en su pensar, y en voz baja, e incluso lo gritaba, mientras las manos le carcomían la piel por golpearse a si mismo. Arrancarse los dientes, fracturarse la nariz. Y sí, el lo merecía.Desesperado, y con la frustración siendo expulsada a través de sus nudillos, comenzó a golpear la puerta del departamento número veintiséis una y otra vez, ignorando la fuerza, la impotencia, y el dolor acumulado en los huesos de su mano.“¡Lucía!”, gritaba ignorando las miradas discriminadoras y malintencionadas de un par de señoras que abrían la puerta continua a sus gritos. “¡Lucía, ábreme la puerta, por favor!”.Y así continuaba, intentando atravesar con frustración enclaustrada, aquella puerta que le impedía el paso. ¿Habrían sido ciertas las palabras que repentinamente llegaron a sus oídos? A medida que su mente comenzaba a inundarse con la peor de las noticias, sus ojos hacían lo mismo con lágrimas reprochadoras hacia su persona. Pequeñas, pero verdaderas lágrimas que mojaban el borde de un ojo que jamás había llorado por amor, o algo que se le pareciese.“Disculpe”, una voz masculina y proveniente de sus espaldas lo sacó de su funeral personal. “Escuché que está buscando a Lucía, joven”.Elías, quien tiritaba como si la nieve comenzase a carcomerle la morena piel, se volteó lentamente para mirar a un caballero de rasgos definidos y amables. “Si. ¿Sabe dónde podría encontrarla? Me urge… Me urge hablarle”.“Me temo que no. Lucía se fue a Temuco con su familia. Pero, le ha dejado esto”, estiró su brazo arrugado por los años, y le entregó un sobre blanco, con su nombre escrito a tinta negra, e imprenta de Lucía.“Muchas gracias”, respondió el atribulado muchacho, mientras veía como el hombre le sonreía amablemente, y entraba nuevamente a su hogar.Una vez solo, y sin ojos que lo observaran, caminó hasta apoyar su espalda en la puerta número veintiséis, y descendió lentamente hasta caer sentado. Con las manos temblorosas, abrió el sobre intentando no romperlo, más le fue imposible;los nervios romperán la cordura, incluso de un tranquilo e inofensivo sobre de papel.“No quiero escuchar explicaciones. No quiero escuchar más mentiras, Elías. No quiero saber que harás de tu vida, y tampoco quiero que sepas que sucederá con la mía. Solo quiero que no me busques, porque, no me encontrarás. Será una perdida de tiempo, y una pena circunstancial, después de todo, volverás a los brazos de quien te dio felicidad en tu pasado, y quien irrumpió nuevamente en tu presente… Solo te pido, que si algún rastro de respeto queda de tu parte hacia mí… Que si solo queda algo de respeto, te olvides que alguna vez existí en tu vida, y de los besos, las caricias, las canciones y los poemas con ortografía delicada te escribí.Lucía”.El pequeño mundo dentro de su mundo, se derrumbó. No solo quedaban rastros de respeto hacia la mujer que le dedicaba cada fría línea, si no que además, amor. Había cometido un error, y lo estaba pagando, más, era persona. Un ser humano de los corrientes, de los que se caen como cualquier otro. Y él la necesitaba increíblemente para ser feliz. Él podía notar que ella realmente no quería decirle adiós… No quería decirle adiós al hombre que la había hecho sentirse como la mujer más especial sobre la faz del planeta, del continente, del país, de la ciudad, de sus sábanas, de su piel. Pero Elías sabía, no podría perdonarlo. No podría permitir semejante inconsecuencia, poca compostura, y nada de control.Los sollozos se hicieron aún más fuertes, acoplándose con los de Lucía, quien se encontraba dentro del departamento, también con la espalda apoyada en la puerta, y derrumbada sobre la alfombra, afirmando su mano, y ocupando toda la fuerza acumulada en su cuerpo para no abrirle la puerta, a quien hizo lo contrario con las de su pequeño infierno racional…
lunes, 16 de julio de 2012
Monde à Part
La prostituta de la esquina solo miraba a los autos pasar.
El panadero de la calle Miraflores no hacía ni vendía pan.
El guitarrista de la 401 no se subió realmente a tocar para sobrevivir.
Ese empresario corrupto, dueño de la fortuna de cincuenta mil familias Chilenas, realmente no robaba.
Y el abogado que éste contrató, no tiene su cabeza puesta en la mentira y el dinero.
Así como tampoco el bacteriólogo se preocupaba de la bacteria,
ni el cardiólogo del corazón,
ni los fotógrafos de la fotografía.
Menos el jardinero del jardín,
para que hablar entonces del traductor, que lo último que hacía era traducir.
No sé en que mundo vivíamos,
tampoco en donde iremos a parar.
Desde hace un par de días, yo dejé de ser la literata que escribía,
la cocinera que te preparaba pie,
la psicóloga que escuchaba cada una de tus penurias,
ni la amante que en la oscuridad te hacía el amor.
lunes, 11 de junio de 2012
Canela y té
Bajó peldaño por peldaño procurando no tropezar. Observó su alrededor. Nada como el olor a canela y té haciendo el amor, hechos uno. El pequeño goteo contra el vidrio de la salita de estar marcaba el inconciente compás que guiaban sus pasos hacia la alacena; el compás de esos zapatos tan roñosos y nuevos a la vez, que le hacían sentir única.
Bueno, Valentina siempre fue así, sui generis de su especie, según le cuenta a su gato cuando se tiende sobre el piso de la cocina, con algún tema de The Carpenters sonando a lo bajo en su reproductor. El visillo entre abierto. El lápiz rojo de los labios ya desteñido de tanto comer chocolates. El mismo olor de canela y té. El mismo pequeño goteo que retumba en la soledad de su casa.Cuando era pequeña, de cinco o seis años, vio como su padre tomaba dos maletas y salía de la casa sin mirar atrás ni una sola vez. Su madre a un lado, con la sonrisa más falsa que Valentina figuró alguna vez en su cabeza, le tomó la mano y cerró la puerta rápidamente.“Tranquila mi Chiquitita”, le dijo. “Las despedidas son mucho más fáciles que las partidas, porque al menos, uno sabe lo que deja”.Años después entendió que significaba esa mutilada y enfrascada frase. El sabía lo que dejaba. Por eso nunca volvió.El goteo sigue retumbando. Valentina sigue con su gato tendida en el suelo, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo.Reconoce jamás haberse enamorado. A sus cortos quince años es demasiado intrigante y poco social para encajar en ese mundo alcohólico y sexual que sus compañeros de curso profanan cada fin de semana. Una inadaptada. Una pobre flacuchenta y pálida adolescente, que ni su primer beso ha dado. Bueno, por lo menos el que cuenta. Todavía siente asco de los labios de Julián, esos que babosamente se arrastraron desde el cuello a su boca.Maldito vodka. Maldita soledad.El goteo deja de escucharse. El olor a canela y té se desvanece. El gato arranca. Valentina sigue en la fría baldosa, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo, bajo el putrefacto olor a gas.Valentina no tiene ganas de pararse de ahí.
viernes, 13 de abril de 2012
A nadie le falta Dios
Esta entrada pretende compartir una experiencia de vida real. No sea pesado, no se burle, no me califique con nota menor a 7.0
Tenía dieciséis y para ese entonces, yo de la vida jamás supe demasiado. Siempre fui criada dentro de los márgenes correspondientes de una familia bien constituida, con valores y reglas ornamentando mesas, sillas, comidas, reuniones. Jamás me encontré frente a situaciones que probablemente muchos adolescentes atravesaban a esa edad: embarazos, comas etílicos, droga, promiscuidad, duda sexual, etc.Yo a esas alturas de mi vida, seguía siendo la matea que le gustaba leer, tocar guitarra, y hablar hasta por los codos. Esa, "la Dani" sensible que lloraba cada vez que tenía pena, y que reía a carcajada olímpica, la situación lo meritase o no. La eterna amiga. La que no le daba la pasada a nadie. Tan así, que muchas veces me catalogaron de perra, porque mi respuesta frente a una declaración íntima, de sentimientos, amor, calentura, era una pequeña y fina risita que se me escapaba de entre los dientes... Lo que jamás se entendió, fue que lejos de pertenecer a la calificación de 'burla', pertenecía a la de 'nervios'. Y entonces, todos tenían esa imagen equivocada de ser un rompe corazones; la mojigata calienta sopa, que por el simple hecho de ser simpática, necesariamente le estaba tirando y quitando, a la vez, los churrines a todos.Desde un tiempo en adelante, en esos lejanos años de pubertad, jamás volví a recibir un papelito dentro de mi estuche que dijera "Hablamos en el recreo... Perico los Palotes". Y así era mejor también. Mi curso estaba compuesto por once hombres y seis mujeres, lo que el dicho "pueblo chico, infierno grande" se hacía carne en cada acontecimiento extra curricular del segundo medio que no tuviese que ver con cuadernos y libros, precisamente.Y conste que no se trataba que yo tuviese alguna traba con el amor. Muy por el contrario. Mi mamá siempre se había encargado de recalcarme cuan hermosa era la capacidad de amar y entregarse a alguien, sin preocupaciones. También, crecía en un hogar en donde ambos de mis progenitores demostraban su cariño constantemente.Mi asunto, el de no haberme dado un beso hasta los dieciséis, no iba por la decepción ni nada por el estilo: yo era demasiado exigente.Mi familia había llegado a esa conclusión en un almuerzo familiar, de esos típicos en donde el tío solterón te pregunta "por qué no estás pololiando si erís tan bonita". Ahí, tú sonríes nerviosamente, y antes que comience una especulación algo incómoda sobre tu sexualidad, aclaras que no tienes ningún tipo de desviación, muy por el contrario; simplemente no te has topado con el indicado.Me cargaba el tema, y generalmente, por ser la más chica, existía ese hueveo constante. Si con decir que incluso mi mamá me pedía a gritos un yerno. "Que chucha les pasa", pensaba a ratos. Yo sabía que todo eso tenía que llegar en algún momento. Y así fue.Generalmente los días domingos asistíamos a la iglesia que fue bendecida por mi presencia, desde que tenía tres años. No era católica, apostólica, ni tampoco romana. Era Cristriana Carismática, y ahí las reuniones comenzaban y terminaban con alabanzas, cánticos dedicados a Dios.No quise interpretarlo de inmediato como intervención o revelación divina, pero ahí, al final de la prédica cuando juntos como ovejas descarriadas nos disponemos a alabar, escuché una voz que destacó entre todas. Entonces, comenzó un colapso interno. Jamás había escuchado semejante voz masculina, cantando de la forma en que, ese anónimo delante de mí, hacía.Se llamaba Hugo. No como el de la mezcla de leche y jugo (su broma más odiada), pero si más dulce que eso. Lo demostraba al reir, al hablar, al mirar. Era de esos hombres que la sensibilidad le brotaba por los poros; tenía tema, y jamás se hacían presentes silencios incómodos. ¿Lo mejor? Era el primer hombre del cual sentía atención; no de esa fingida, no porque quisiera atacar y marchar..."¿Estay pololiando?", me preguntó mi papá. "¿De verdad?". La sola idea suponía de inmediato que esto terminaría pronto. Por alguna razón machista, siempre me dijeron que la inexperiencia amorosa jugaba siempre en contra. Mentira. Que las ex son un martirio para quienes no saben manejarlo. Mentira (ni tanto). Que se aburriría rápido. Menos.Al pasar los años, los meses, los días con el por fin existente "yerno" de la familia, me enseñé a mis misma muchas cosas. Principalmente, que esperar fue bueno; lo de perra, mojigata, y quizás cuanto más, fueron solo un detalle sin importancia. También, que es bueno escuchar el corazón, pero es mejor ponerle atención al sexto sentido, ese radar que aleja a quienes no valen la pena. Aprendí que la paciencia hizo camino al regalo más grande que la vida me ha dado hasta ahora, que es el amar y que te amen de vuelta.Así que, usted, lector. No se desespere. Si anda buscando (o le buscan) pareja hasta por debajo de las piedras, tenga siempre en cuenta que existe esa persona creada para cada uno. "Toda mañana es la pizarra en donde te invento y te dibujo", dijo Cortázar; se, que todo aquel que quiera amar, tendrá esa oportunidad. Y si no me cree a mí, créale a la frase casi bíblica de todos los tiempos: "A nadie le falta Dios".
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