lunes, 16 de julio de 2012

Monde à Part

La prostituta de la esquina solo miraba a los autos pasar.
El panadero de la calle Miraflores no hacía ni vendía pan.
El guitarrista de la 401 no se subió realmente a tocar para sobrevivir.
Ese empresario corrupto, dueño de la fortuna de cincuenta mil familias Chilenas, realmente no robaba.
Y el abogado que éste contrató, no tiene su cabeza puesta en la mentira y el dinero.
Así como tampoco el bacteriólogo se preocupaba de la bacteria,
ni el cardiólogo del corazón,
ni los fotógrafos de la fotografía.
Menos el jardinero del jardín,
para que hablar entonces del traductor, que lo último que hacía era traducir.

No sé en que mundo vivíamos,
tampoco en donde iremos a parar.
Desde hace un par de días, yo dejé de ser la literata que escribía,
la cocinera que te preparaba pie,
la psicóloga que escuchaba cada una de tus penurias,
ni la amante que en la oscuridad te hacía el amor.


lunes, 11 de junio de 2012

Canela y té


Bajó peldaño por peldaño procurando no tropezar. Observó su alrededor. Nada como el olor a canela y té haciendo el amor, hechos uno. El pequeño goteo contra el vidrio de la salita de estar marcaba el inconciente compás que guiaban sus pasos hacia la alacena; el compás de esos zapatos tan roñosos y nuevos a la vez, que le hacían sentir única.
Bueno, Valentina siempre fue así, sui generis de su especie, según le cuenta a su gato cuando se tiende sobre el piso de la cocina, con algún tema de The Carpenters sonando a lo bajo en su reproductor. El visillo entre abierto. El lápiz rojo de los labios ya desteñido de tanto comer chocolates. El mismo olor de canela y té. El mismo pequeño goteo que retumba en la soledad de su casa.
Cuando era pequeña, de cinco o seis años, vio como su padre tomaba dos maletas y salía de la casa sin mirar atrás ni una sola vez. Su madre a un lado, con la sonrisa más falsa que Valentina figuró alguna vez en su cabeza, le tomó la mano y cerró la puerta rápidamente.
“Tranquila mi Chiquitita”, le dijo. “Las despedidas son mucho más fáciles que las partidas, porque al menos, uno sabe lo que deja”.
Años después entendió que significaba esa mutilada y enfrascada frase. El sabía lo que dejaba. Por eso nunca volvió.

El goteo sigue retumbando. Valentina sigue con su gato tendida en el suelo, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo.

Reconoce jamás haberse enamorado. A sus cortos quince años es demasiado intrigante y poco social para encajar en ese mundo alcohólico y sexual que sus compañeros de curso profanan cada fin de semana. Una inadaptada. Una pobre flacuchenta y pálida adolescente, que ni su primer beso ha dado. Bueno, por lo menos el que cuenta. Todavía siente asco de los labios de Julián, esos que babosamente se arrastraron desde el cuello a su boca.
Maldito vodka. Maldita soledad.

El goteo deja de escucharse. El olor a canela y té se desvanece. El gato arranca. Valentina sigue en la fría baldosa, bajo el mesón, bajo el ático, bajo el techo de su casa, bajo la capa de ozono, bajo el cielo, bajo el putrefacto olor a gas.

Valentina no tiene ganas de pararse de ahí.

viernes, 13 de abril de 2012

A nadie le falta Dios

Esta entrada pretende compartir una experiencia de vida real. No sea pesado, no se burle, no me califique con nota menor a 7.0 

Tenía dieciséis y para ese entonces, yo de la vida jamás supe demasiado. Siempre fui criada dentro de los márgenes correspondientes de una familia bien constituida, con valores y reglas ornamentando mesas, sillas, comidas, reuniones. Jamás me encontré frente a situaciones que probablemente muchos adolescentes atravesaban a esa edad: embarazos, comas etílicos, droga, promiscuidad, duda sexual, etc. 
Yo a esas alturas de mi vida, seguía siendo la matea que le gustaba leer, tocar guitarra, y hablar hasta por los codos. Esa, "la Dani" sensible que lloraba cada vez que tenía pena, y que reía a carcajada olímpica, la situación lo meritase o no. La eterna amiga. La que no le daba la pasada a nadie. Tan así, que muchas veces me catalogaron de perra, porque mi respuesta frente a una declaración íntima, de sentimientos, amor, calentura, era una pequeña y fina risita que se me escapaba de entre los dientes... Lo que jamás se entendió, fue que lejos de pertenecer a la calificación de 'burla', pertenecía a la de 'nervios'. Y entonces, todos tenían esa imagen equivocada de ser un rompe corazones; la mojigata calienta sopa, que por el simple hecho de ser simpática, necesariamente le estaba tirando y quitando, a la vez, los churrines a todos.
Desde un tiempo en adelante, en esos lejanos años de pubertad, jamás volví a recibir un papelito dentro de mi estuche que dijera "Hablamos en el recreo... Perico los Palotes". Y así era mejor también. Mi curso estaba compuesto por once hombres y seis mujeres, lo que el dicho "pueblo chico, infierno grande" se hacía carne en cada acontecimiento extra curricular del segundo medio que no tuviese que ver con cuadernos y libros, precisamente.
Y conste que no se trataba que yo tuviese alguna traba con el amor. Muy por el contrario. Mi mamá siempre se había encargado de recalcarme cuan hermosa era la capacidad de amar y entregarse a alguien, sin preocupaciones. También, crecía en un hogar en donde ambos de mis progenitores demostraban su cariño constantemente.
Mi asunto, el de no haberme dado un beso hasta los dieciséis, no iba por la decepción ni nada por el estilo: yo era demasiado exigente.
Mi familia había llegado a esa conclusión en un almuerzo familiar, de esos típicos en donde el tío solterón te pregunta "por qué no estás pololiando si erís tan bonita". Ahí, tú sonríes nerviosamente, y antes que comience una especulación algo incómoda sobre tu sexualidad, aclaras que no tienes ningún tipo de desviación, muy por el contrario; simplemente no te has topado con el indicado.
Me cargaba el tema, y generalmente, por ser la más chica, existía ese hueveo constante. Si con decir que incluso mi mamá me pedía a gritos un yerno. "Que chucha les pasa", pensaba a ratos. Yo sabía que todo eso tenía que llegar en algún momento. Y así fue.
Generalmente los días domingos asistíamos a la iglesia que fue bendecida por mi presencia, desde que tenía tres años. No era católica, apostólica, ni tampoco romana. Era Cristriana Carismática, y ahí las reuniones comenzaban y terminaban con alabanzas, cánticos dedicados a Dios.
No quise interpretarlo de inmediato como intervención o revelación divina, pero ahí, al final de la prédica cuando juntos como ovejas descarriadas nos disponemos a alabar, escuché una voz que destacó entre todas. Entonces, comenzó un colapso interno. Jamás había escuchado semejante voz masculina, cantando de la forma en que, ese anónimo delante de mí, hacía.
Se llamaba Hugo. No como el de la mezcla de leche y jugo (su broma más odiada), pero si más dulce que eso. Lo demostraba al reir, al hablar, al mirar. Era de esos hombres que la sensibilidad le brotaba por los poros; tenía tema, y jamás se hacían presentes silencios incómodos. ¿Lo mejor? Era el primer hombre del cual sentía atención; no de esa fingida, no porque quisiera atacar y marchar... 
"¿Estay pololiando?", me preguntó mi papá. "¿De verdad?". La sola idea suponía de inmediato que esto terminaría pronto. Por alguna razón machista, siempre me dijeron que la inexperiencia amorosa jugaba siempre en contra. Mentira. Que las ex son un martirio para quienes no saben manejarlo. Mentira (ni tanto). Que se aburriría rápido. Menos.
Al pasar los años, los meses, los días con el por fin existente "yerno" de la familia, me enseñé a mis misma muchas cosas. Principalmente, que esperar fue bueno; lo de perra, mojigata, y quizás cuanto más, fueron solo un detalle sin importancia. También, que es bueno escuchar el corazón, pero es mejor ponerle atención al sexto sentido, ese radar que aleja a quienes no valen la pena. Aprendí que la paciencia hizo camino al regalo más grande que la vida me ha dado hasta ahora, que es el amar y que te amen de vuelta.
Así que, usted, lector. No se desespere. Si anda buscando (o le buscan) pareja hasta por debajo de las piedras, tenga siempre en cuenta que existe esa persona creada para cada uno. "Toda mañana es la pizarra en donde te invento y te dibujo", dijo Cortázar; se, que todo aquel que quiera amar, tendrá esa oportunidad. Y si no me cree a mí, créale a la frase casi bíblica de todos los tiempos: "A nadie le falta Dios".

lunes, 27 de febrero de 2012

Todavía

Mi alma dio un grito de espanto, paralizándose y perdiendo todo tipo de cordura y cordialidad. Las pupilas se me dilataron; las manos, se humedecieron del  vestigio de tu piel, que creí tontamente, se había ido con unos cuantos lavados. Y es por eso, que desde recién caminante, supe que ni el mejor jabón sabe borrar lo dulce de la piel.
Pensé que te había olvidado. Pensé que no recordaba ni tu voz, ni tus garabatos mal dichos, ni tus reproches a las dos de la mañana, mitad curado, mitad sobrio de realidad; pensé que ya no te quería, que no te necesitaba, y que el verte con otra  no me produciría tanta angustia, tanto veneno en la boca: tantas ganas de convertirme en la asesina que solo en pensamientos, siempre fui.

Cristian: todavía te Amo. 

martes, 7 de febrero de 2012

Pero-grullada

Y mirándote así, aquí, feliz, sonriente y enamorada, te repito que podría estar toda una vida entera, de asperezas y cortesías a tu lado… Para siempre.

martes, 31 de enero de 2012

Altar

Entonces, cuando miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, la sonrisa que denominábamos nuestra se ensanchó de comisura a comisura. Habían sido años esperando tenerte así frente a mí; habían sido años de sueños, de esperanzas, de risas, de llantos, pero por sobre todo, de amor, de paciencia, de soportar caídas, asperezas, y celebrar lo bueno, el levantarse, y lo maravilloso que significaba crecer a tu lado, aprendiendo de lo que no creí jamás hacer: entregarme en cuerpo, pero más en alma.
Ahí, con el corazón irreprochablemente desbocado, me era inevitable no recordar cosas que creí sepultadas hacía mucho tiempo. Cosas que me llevaron a ser el hombre que considero, soy, por mucho que insistas en que sigo siendo un niño al correr a la confitería de mi abuelo, o te imploro ese magnífico pastel de chocolate que solo tus manos saben hacer. Hasta cuando reclamo porque la comida llevaba demasiada cebolla, o pepinillos, o el pimentón que tú, a diferencia de mí, te comes a mordiscos.
En ese momento, me seguía sintiendo el adolescente que conociste un tímido y frío día de julio; ese día en que las miradas, las risitas indiscretas, los saludos furtivos y los nervios de intriga se concretaron en una bonita y agradable conversación. Ambos, aunque con el pasado cargado en la espalda, comenzamos a sentirnos repentinamente más livianos. Era increíble la tranquilidad que me inundaba de pies a cabeza; la seguridad de confesarte tanto solo con el hecho de fijar mis ojos en esos enormes y profundos tuyos. Y entonces, éramos dos evidentes muchachos que se gustaban, dentro de una burbuja impenetrable en dónde nadie se atrevía a irrumpir, aunque nos encontrásemos en el cumpleaños de tu mejor amiga, y ella mordiéndose la lengua, entendía que lo que estaba sucediendo ahí, entre nosotros, le sucedía a las personas una sola vez en la vida: encontrar tu complemento.
Hasta hoy, con la iglesia expectante, tu madre y la mía llorando de emoción, mi papá sonriendo, el tuyo intentando demostrar normalidad, tu hermana mirándote con orgullo, y las mías sintiendo que finalmente daba ese enorme paso de forma segura, sigo sintiendo que eres la mujer más hermosa que alguna vez conocí, o que solo se me haya pasado por enfrente; la más dedicada, cocinera, mal genio, irritable, talentosa, y virtuosa que Dios podría haberme regalado… Y sigo sin entender como pudiste aceptarme así, tal cual soy, tal cual seré. Imagino que allá en el cielo, solo se escucharon las plegarias que con tanto ahínco pedí.
Ignoro si existe pareja igual a la de nosotros. Si acaso pisa la tierra un Ernesto que entregó todo lo que tuvo, o alguna Antonia que se enamoró hasta las patas. Pero si sé, que los imponderables jamás nos tocarán. Que la protección que poseemos desde ese momento, en que miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, no podría ser mejor, por el simple hecho de que tú, mi cielo y mis anhelos hechos carne, al fin, te convertías en mi mujer.

miércoles, 25 de enero de 2012

Memoria Violada

Cuando nos tocó ver el cuerpo de mi papá, supe de inmediato, incluso antes que la sábana con olor a muerto se levantara, que semejante cuerpo no le pertenecía a otro que no fuese a él. Mi hermano siempre le llamó sexto sentido a ese simple sentido común, que heredé seguramente de alguna tía lejana, porque ninguno de los Rojas fue capaz alguna vez de ver la mierda de suerte que poseíamos como “familia”.
Sonó el teléfono, y dejé de fumarme el cigarro. La Carlota había dormido hora y media mientras le hacía cariño en su pelaje “quiltril”, esa combinación tan adorable de Asbinio y Balinés. Me tensé. Le dije tantas veces a mi mamá que por más que le prendiera velas a la virgen de la entrada de la casa, a Juan Rojas, la cabeza del núcleo familiar que nunca fue aparecería mutilado, quemado, o fracturado en algún cerro maloliente de Santiago, Chile, o el mundo.
 “Deja de hablar hueás, Andrea… Tú no entendís que tu papá es inocente”. Lo que ella jamás entendió, es que yo también lo sabía. No era su culpa, sino del país bodrio en el que crecí y viví desde que tuve memoria. Esa, la cual por justicia, no deberíamos tener capacidad de desarrollar.
“¿Y…?”, pregunté sin moverme del sillón.
Colgó el auricular. “Parece que encontraron el cuerpo de tu papá”
Saberlo y escucharlo no era lo mismo. Se me calló la ceniza en el empeine del pie, y cuando sentí ese pequeño ardor, vi que una de mis teorías era cierta: lo habían quemado.
Doña María del Carmen Ramírez de Rojas, siempre fue la mujer más compuesta de la sociedad media alta del país. Se llenaba la boca de haber criado bien a sus hijos, ser ejemplar dentro y fuera de la casa, comprar con billetes de cinco mil, y como no, ir todos los domingos a misa. Entonces, frente a los ojos de los secundarios, los Rojas Ramírez éramos la prole perfecta: matrimonio, dos hijos, un perro, un gato, piscina y auto. Claro que los sustanciales, sabíamos que la realidad con la puerta cerrada, era otra. Y ahora, la mismísima María del Carmen no supo resolver tremendo lío, ni como ocupar la buena educación, su compostura, la plata, y la misa.
“Hay que llamar a tu hermano… Hablar con el Padre José, cancelar la reunión de té de hoy día… Dejarle dicho a la Rosa que se tome estos días… O que nos… apoye…”. Se calló la careta, y entonces, las lágrimas comenzaron a caer como ríos de tristeza. Los sollozos amargos se escapaban de su garganta, y cayendo de rodillas comenzó su martirio. La Carlota se asustó, y aprovechando su ágil movimiento, paré a mi mamá y la abracé sin darle importancia a su petulancia y a todas las cagadas que había cometido conmigo. Daba lo mismo si después me mandaba a la cresta como cada vez que recordaba que había dejado plantado en el altar al hijo de la Martita Subercaseux, esa vieja cuica de la esquina, reprochándome que me iba a morir soltera, como si realmente el no tener a un hombre estable a mi lado fuera razón de mis desvelas.

Tomamos la liebre en alameda. Joaquín había llegado justo a tiempo, después de haber pedido permiso en el trabajo. Tenía una cara de indolente, que daba asco. Nunca le perdonó al papá exponer a las personas que amaba, como lo hizo. En secreto, era un facho, un maldito y repugnante facho que se dejó influenciar por el suegro. No me hubiese extrañado para nada escuchar que ellos mismos llamaron a los pacos.
“Un día, lo van a venir a buscar, justo cuando no estemos aquí, y acuérdate de esto: lo van a matar. Lo van a matar, y te va a pesar haber cortado la relación con él, weón”, le decía cuando iba a tomar once los sábados en la tarde.
“¿Weón?”, repetía el Marito, su unigénito.
“Andrea, cierra el pico”, me murmuraba enojado, tomando en brazos a su hijo. “La tía esta loca. No tienes que repetir lo que ella diga, ¿bueno?”. Y él fruncía el entrecejo, tratando de considerar cuál de las dos opciones tenían más sentido dentro de su cabecita.
Joaquín tenía la misma expresión. Miraba a mi mamá que iba a un lado de la ventana, y me hacía cariño en la cabeza como cuando éramos chicos, y yo me asustaba porque el vecino se ponía a cantar Frank Sinatra con su voz gutural. Yo sabía que muy en el fondo, mis palabras tenían sentido en su cabeza, y lo confirmé cuando me observó un par de segundos y asintió sin razón aparente.
Cuando nos bajamos, nos quedamos quietos. Ese momento tan anunciado, se había echo presente de una vez por todas en nuestra vida. Las cartas hacía rato estaban sobre la mesa, y entonces, ese instante no era más que la evidencia misma de un día de verano de 1986, cuándo abriendo la reja de su casa, a Juan Rojas lo agarraron sin dejar huellas, metiéndolo dentro de un Wolsvagen, negándonos la posibilidad de darle un beso de despedida, cómo cada vez que hacía uno de sus eternos viajes de negocios.
“Se lo juro vecina. Apenas vi la intención de esos tipos, entré a avisarle a mi marido, pero ¿qué podíamos hacer? Esos hombres tienen más poder que Dios”
Las palabras resonaban en mi cabeza, y ese maldito día soleado era la ironía de alguna fuerza superior a nosotros.
Por eso, cuando comenzaba a ver los vestigios de quién había sido mi padre, ese hombre que fumaba pipa y me sentaba sobre su pierna para contarme que algún día mi país sería libre, no pude evitar querer arrancarme la cabeza y los pelos uno a uno. Con el cuerpo realmente carbonizado y parte de su cara visible, en mi cabeza, mandé lejos los reproches que alguna vez tuve en contra de su predilección por sus ideales, dejando de lado quienes debíamos serlo…