martes, 31 de enero de 2012

Altar

Entonces, cuando miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, la sonrisa que denominábamos nuestra se ensanchó de comisura a comisura. Habían sido años esperando tenerte así frente a mí; habían sido años de sueños, de esperanzas, de risas, de llantos, pero por sobre todo, de amor, de paciencia, de soportar caídas, asperezas, y celebrar lo bueno, el levantarse, y lo maravilloso que significaba crecer a tu lado, aprendiendo de lo que no creí jamás hacer: entregarme en cuerpo, pero más en alma.
Ahí, con el corazón irreprochablemente desbocado, me era inevitable no recordar cosas que creí sepultadas hacía mucho tiempo. Cosas que me llevaron a ser el hombre que considero, soy, por mucho que insistas en que sigo siendo un niño al correr a la confitería de mi abuelo, o te imploro ese magnífico pastel de chocolate que solo tus manos saben hacer. Hasta cuando reclamo porque la comida llevaba demasiada cebolla, o pepinillos, o el pimentón que tú, a diferencia de mí, te comes a mordiscos.
En ese momento, me seguía sintiendo el adolescente que conociste un tímido y frío día de julio; ese día en que las miradas, las risitas indiscretas, los saludos furtivos y los nervios de intriga se concretaron en una bonita y agradable conversación. Ambos, aunque con el pasado cargado en la espalda, comenzamos a sentirnos repentinamente más livianos. Era increíble la tranquilidad que me inundaba de pies a cabeza; la seguridad de confesarte tanto solo con el hecho de fijar mis ojos en esos enormes y profundos tuyos. Y entonces, éramos dos evidentes muchachos que se gustaban, dentro de una burbuja impenetrable en dónde nadie se atrevía a irrumpir, aunque nos encontrásemos en el cumpleaños de tu mejor amiga, y ella mordiéndose la lengua, entendía que lo que estaba sucediendo ahí, entre nosotros, le sucedía a las personas una sola vez en la vida: encontrar tu complemento.
Hasta hoy, con la iglesia expectante, tu madre y la mía llorando de emoción, mi papá sonriendo, el tuyo intentando demostrar normalidad, tu hermana mirándote con orgullo, y las mías sintiendo que finalmente daba ese enorme paso de forma segura, sigo sintiendo que eres la mujer más hermosa que alguna vez conocí, o que solo se me haya pasado por enfrente; la más dedicada, cocinera, mal genio, irritable, talentosa, y virtuosa que Dios podría haberme regalado… Y sigo sin entender como pudiste aceptarme así, tal cual soy, tal cual seré. Imagino que allá en el cielo, solo se escucharon las plegarias que con tanto ahínco pedí.
Ignoro si existe pareja igual a la de nosotros. Si acaso pisa la tierra un Ernesto que entregó todo lo que tuvo, o alguna Antonia que se enamoró hasta las patas. Pero si sé, que los imponderables jamás nos tocarán. Que la protección que poseemos desde ese momento, en que miré tus ojos expectantes sosteniendo todo ese amor que tenías para entregar, no podría ser mejor, por el simple hecho de que tú, mi cielo y mis anhelos hechos carne, al fin, te convertías en mi mujer.