miércoles, 25 de enero de 2012

Memoria Violada

Cuando nos tocó ver el cuerpo de mi papá, supe de inmediato, incluso antes que la sábana con olor a muerto se levantara, que semejante cuerpo no le pertenecía a otro que no fuese a él. Mi hermano siempre le llamó sexto sentido a ese simple sentido común, que heredé seguramente de alguna tía lejana, porque ninguno de los Rojas fue capaz alguna vez de ver la mierda de suerte que poseíamos como “familia”.
Sonó el teléfono, y dejé de fumarme el cigarro. La Carlota había dormido hora y media mientras le hacía cariño en su pelaje “quiltril”, esa combinación tan adorable de Asbinio y Balinés. Me tensé. Le dije tantas veces a mi mamá que por más que le prendiera velas a la virgen de la entrada de la casa, a Juan Rojas, la cabeza del núcleo familiar que nunca fue aparecería mutilado, quemado, o fracturado en algún cerro maloliente de Santiago, Chile, o el mundo.
 “Deja de hablar hueás, Andrea… Tú no entendís que tu papá es inocente”. Lo que ella jamás entendió, es que yo también lo sabía. No era su culpa, sino del país bodrio en el que crecí y viví desde que tuve memoria. Esa, la cual por justicia, no deberíamos tener capacidad de desarrollar.
“¿Y…?”, pregunté sin moverme del sillón.
Colgó el auricular. “Parece que encontraron el cuerpo de tu papá”
Saberlo y escucharlo no era lo mismo. Se me calló la ceniza en el empeine del pie, y cuando sentí ese pequeño ardor, vi que una de mis teorías era cierta: lo habían quemado.
Doña María del Carmen Ramírez de Rojas, siempre fue la mujer más compuesta de la sociedad media alta del país. Se llenaba la boca de haber criado bien a sus hijos, ser ejemplar dentro y fuera de la casa, comprar con billetes de cinco mil, y como no, ir todos los domingos a misa. Entonces, frente a los ojos de los secundarios, los Rojas Ramírez éramos la prole perfecta: matrimonio, dos hijos, un perro, un gato, piscina y auto. Claro que los sustanciales, sabíamos que la realidad con la puerta cerrada, era otra. Y ahora, la mismísima María del Carmen no supo resolver tremendo lío, ni como ocupar la buena educación, su compostura, la plata, y la misa.
“Hay que llamar a tu hermano… Hablar con el Padre José, cancelar la reunión de té de hoy día… Dejarle dicho a la Rosa que se tome estos días… O que nos… apoye…”. Se calló la careta, y entonces, las lágrimas comenzaron a caer como ríos de tristeza. Los sollozos amargos se escapaban de su garganta, y cayendo de rodillas comenzó su martirio. La Carlota se asustó, y aprovechando su ágil movimiento, paré a mi mamá y la abracé sin darle importancia a su petulancia y a todas las cagadas que había cometido conmigo. Daba lo mismo si después me mandaba a la cresta como cada vez que recordaba que había dejado plantado en el altar al hijo de la Martita Subercaseux, esa vieja cuica de la esquina, reprochándome que me iba a morir soltera, como si realmente el no tener a un hombre estable a mi lado fuera razón de mis desvelas.

Tomamos la liebre en alameda. Joaquín había llegado justo a tiempo, después de haber pedido permiso en el trabajo. Tenía una cara de indolente, que daba asco. Nunca le perdonó al papá exponer a las personas que amaba, como lo hizo. En secreto, era un facho, un maldito y repugnante facho que se dejó influenciar por el suegro. No me hubiese extrañado para nada escuchar que ellos mismos llamaron a los pacos.
“Un día, lo van a venir a buscar, justo cuando no estemos aquí, y acuérdate de esto: lo van a matar. Lo van a matar, y te va a pesar haber cortado la relación con él, weón”, le decía cuando iba a tomar once los sábados en la tarde.
“¿Weón?”, repetía el Marito, su unigénito.
“Andrea, cierra el pico”, me murmuraba enojado, tomando en brazos a su hijo. “La tía esta loca. No tienes que repetir lo que ella diga, ¿bueno?”. Y él fruncía el entrecejo, tratando de considerar cuál de las dos opciones tenían más sentido dentro de su cabecita.
Joaquín tenía la misma expresión. Miraba a mi mamá que iba a un lado de la ventana, y me hacía cariño en la cabeza como cuando éramos chicos, y yo me asustaba porque el vecino se ponía a cantar Frank Sinatra con su voz gutural. Yo sabía que muy en el fondo, mis palabras tenían sentido en su cabeza, y lo confirmé cuando me observó un par de segundos y asintió sin razón aparente.
Cuando nos bajamos, nos quedamos quietos. Ese momento tan anunciado, se había echo presente de una vez por todas en nuestra vida. Las cartas hacía rato estaban sobre la mesa, y entonces, ese instante no era más que la evidencia misma de un día de verano de 1986, cuándo abriendo la reja de su casa, a Juan Rojas lo agarraron sin dejar huellas, metiéndolo dentro de un Wolsvagen, negándonos la posibilidad de darle un beso de despedida, cómo cada vez que hacía uno de sus eternos viajes de negocios.
“Se lo juro vecina. Apenas vi la intención de esos tipos, entré a avisarle a mi marido, pero ¿qué podíamos hacer? Esos hombres tienen más poder que Dios”
Las palabras resonaban en mi cabeza, y ese maldito día soleado era la ironía de alguna fuerza superior a nosotros.
Por eso, cuando comenzaba a ver los vestigios de quién había sido mi padre, ese hombre que fumaba pipa y me sentaba sobre su pierna para contarme que algún día mi país sería libre, no pude evitar querer arrancarme la cabeza y los pelos uno a uno. Con el cuerpo realmente carbonizado y parte de su cara visible, en mi cabeza, mandé lejos los reproches que alguna vez tuve en contra de su predilección por sus ideales, dejando de lado quienes debíamos serlo…