Isabel ahorraba ideas para pagar el dividendo
del sucucho indeseable al que llamaba cabeza,
ese que la intoxicaba noche tras día, sin saber si dormir o dar vueltas.
Le cargaba recordar cuan poco sincera era,
que importaba poco si fuese una careta,
pues incluso sin conocerla, junto a su pie tenía amarrada la mentira a cuestas.
Conocía que los intentos de parecer fuerte eran tímidos,
en vano, llenos de prejuicios,
y sin olvidar el detalle, de sus sentimientos ya desteñidos, besos mal repartidos.
Disfrutaba leyendo a García Márquez, Neruda, Borges, Llosa,
curarse de la realidad con Benedetti, volar con Cortázar, reír con Rulfo, soñar con Sábato,
llorar con Gabriela, y querer morir como Alejandra,
perdiéndose entre fármacos y hacer su salida final con su interminable cátedra.
Isabel asumía que inteligencia le sobraba,
pero que el como ocuparla era el problema:
si supiera que de la misma manera, envenenó su alma, y le dio su amor a cualquiera, terminando de envolverse con pretextos, y anunciando su triste y apesumbrada condena.