miércoles, 21 de diciembre de 2011

Pascuala (Ciudad bajo la tierra)

Pascuala solía cantar mientras dibujaba su ciudad de ensueño. Imaginaba todo lo incluso no necesario para ella, e intentaba adornar con colores, lo que la vida alguna vez oscureció; pintar sonrisas, dónde la desdicha dejó su marca, y poner abrazos, dónde el dolor desgarró sin piedad... Pascuala solía observar su alrededor de una perspectiva diferente. Quizás de una irreal, pero, maravillosa forma.
Una de esas tardes anaranjadas, en dónde admiraba sentada desde su baúl los últimos rayos de sol esconderse para darle cabida a la danza de las estrellas, observó cómo a lo lejos, un ser parecido a ella caminaba arrastrando los pies, con una nube llena de rayos y centallas sobre su cabeza, y con ciertos improperios transformados en garabatos mal dibujados. 
Ladeó su cabeza, con sus ojos negros, fijos. ¿Habría tenido un mal día aquel sujeto? ¿Y por qué no sonreía? ¿Por qué rechazaba las caricias del viento en su piel de trapo...? Algo tenía que hacer. Algo tenía que decirle. Y algo tenía que funcionar.
Bajó rápidamente desde su ventana, y afirmándose la cabeza (Porque, nunca sabes cuando una muñeca, tan roñosa y desgastada cómo ella, se puede romper y estallar en algodón), apresuró sus pies en dirección del ser.
-¡Ey tú! -Pascuala alzó su dedo, mientras que éste se volteaba desganado.
-¿Si? -Preguntó en respuesta, y con una 'sonrisa' mal dibujada.
(Los muñecos están obligados a sonreír. Siempre)
-¿Por qué arrastras los pies? ¿Es que acaso no eres feliz?
Aquel rostro de paño quedó inmutable, y repentinamente la distancia que mantenían, no fue importante. 
-¿Acaso alguien lo es? -El reproche involuntario salía en forma de tragedia.
-Yo lo soy -Aseguró Pascuala segurísima de sus palabras.
-Yo creo que se te zafó un tornillo -Escupió.
Apenas hizo ademán de irse, la muñeca analizó las palabras de aquel pobre ser, y mostró sus dientes de forma inocente, acercándose más a él.
-Soy una muñeca, como tú. ¡No tengo tornillos! -Rió.
La cara de anodadado no se la quitó nadie al escuchar respuesta tan absurda. Tan ridícula... ¿Tan irónica? Tan creíblemente cierta. 
Negó con la cabeza un par de veces, acomodando la nube sobre su cabeza, y comenzó a caminar, dejando a Pascuala tras él. Ella definitivamente tenía que ser una mala broma de la realidad. Las sonrisas se habían extinguido; las miradas sinceras no existían, no en ese lugar...
-¿Podría ayudarte? -Escuchó a sus espaldas.
El corazón (O lo que sea que tenga, que le da vida) se le detuvo. La preocupación era una ley prohibida, sacada de toda constitución. Y entonces, ¿Por qué diantres ella mostraba interés? Además de loca, ¡Iba contra las reglas! Era un peligro para la sociedad. Sí, definitivamente lo era, y si un inspector la sorprendía siendo amable, la encerraría, encadenaría, desterraría, condenaría a muerte. Lamentablemente (O quizás no), así marchaban las cosas en la Ciudad Bajo la Tierra.
-¿Podrías? -Se volteó cuidadoso-. ¿Realmente podrías?
Pascuala asintió. -Podría, y encantada.
-Si me disculpas... -Se acercó un poquito más, con cautela y con el ceño tan fruncido y arrugado cómo una pasa-. Tú te ves más rota que yo.
-Lo sé -Dijo ladeando su cabeza-. Pero eso no me impide ayudarte. Responde. ¿Quieres o no?
-Yo... Preferiría que no -Agachó la frente-. Te veo en la infelicidad.
Al escuchar la sentencia, Pascuala abrió sus inmensos ojos y observó cómo el ser comenzaba a desplazarse calle a bajo, con su aún más grande nube de problemas. ¿Por qué habría rechazado su ayuda? Ella realmente quería hacer algo, e intentar sacar de su cabeza toda la ensalada de dudosos pensamientos suicidas... 
Quizás llevarlo a su ciudad de ensueño. A que conociera lo que podría haber sido. Aunque te digan lo contrario las estúpidas negligencias de la vida que te golpean a diario, y los muñecos de trapo rotos, descocidos, y con afanes de destruir la existencia ajena, porque... Sí se puede ser realmente feliz; Sí se puede amar, sí se puede sentir, y de verdad.
Sí, quizás soñaba de una forma irreal... Pero era maravilloso. Y eso hacía a Pascuala, una creación diferente.

Cuento creado por mí misma, un dieciséis de octubre del dos mil diez. Cuando comencé a creer que puedo cambiar el mundo.