miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los veintisiete

Era esa no típica conversación que se lleva a cabo con los pies en el agua, los dedos adormecidos de la fría linfa que se filtraba desde la piel hasta los huesos.
Cuentan que cada vez que esos dos llegaban a la ciudad, el carnavalesco tono de Valparaíso se encendía de tal manera, que los caminantes anónimos quedaban cegados de tanto querer. Las estructuras antiguas tenían aún más ganas de derrumbarse, y el tiempo se disputaba su estadía, así que el sol aparecía de vez en cuando, cada vez que tenía la oportunidad de desplazar a las impertinentes nubes deseosas de proteger del fuerte filtro a esos dos amantes.
Bueno, eso es lo que se escucha en las picadas que los han visto comer. Porque sí que se han devorado la ciudad con su apetito. Dicen que una vez, ambos bosquejaron sobre el mantel desechable la letra de esa canción que se hizo típica después de la serie sobre valorada de un canal nacional. Sueña un sueño despacito entre mis manos,  con una caligrafía típica, pero de molesta ortografía. "Eso sí, yo te la dediqué antes que se hiciera mainstream, conocida, célebre, popularsh, entendida...", cuentan que se escuchó de parte del muchacho, ese joven moreno encantador que nunca aceptó que lo era. Después de la sobre mesa, se comentaba que emprendieron camino cerro arriba, comenzado la típica competencia de sinónimos que nacía desde tan dentro de ellos mismos. Como aquella vez por teléfono cuando aún eran amigos, esas eternas conversaciones que mantenían a escondidas, él de ella y ella de él, de los otros.
Los veintisiete meses juntos se pulieron con golpes y caídas. Por eso se especula que brillan tanto. No por el dinero (pues no tienen ni un peso), ni tampoco por su lujosa ropa (pues ambos, más ella que él, eso sí, optan por la ropa usada, la "americana" para que suene más bonito). Eran uno siendo ellos, incluso por separado. Cantaban por la calle, bailaban de la mano, bailaban con los ojos, bailaban con el pelo y con los músicos de la esquina de cerro Alegre. 
El anochecer comenzó de a poco. La tarde se deshizo en la ventana del metro tren, con la fragilidad de un segundo.
"Dormían las nubes en voz, al verlas", el decía.
"Y el viento besando tus ojos perfume de rancho y madera", ella decía.
"Decíme de donde se viene la noche", el decía.
"Pisando y mojando la tierra, bailando hasta que amanezca", ella decía.
Después de eso, se besaron con los ojos. 
Si supiesen que nosotros lo hicimos primero en Valpolohizo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Fulminante

De un momento a otro te transformaste en espíritu, más allá de la carne y las cenizas que con los zapatos elevabas al caminar. Tu silueta, ínfima e infinita acompañándome a diario, en mis sueños y momentos de lucidez, desde que la luz se asoma inesperadamente por mi ventana, hasta que la luz del farol de la calle comienza a parpadear, a medida la noche se acuesta sobre nosotros.
Perdida en la idea de tu existencia, el anochecer de tus ojos expectantes, las lágrimas de tu último Te Amo sobre mis mejillas, mi boca entre abierta que las absorbe, las saborea salinas, las saborea sinceras. Y a medida que camino me agarras la mano, afable. Las notas de las cuerdas de tu antigua amante, esas que nos envuelven, que nos unen y nos hacen uno. "No la toquís tanto", te celo desde mi lengua, reemplazando el curvilíneo trozo de madera por otro que no lo es tanto, por mí misma, por mis caricias y sentencias amenas a tu oír. 
Me entrego, te entregas, sollozos de mañana, de medio día, de noche, de madrugada. Te canto, me cantas. Bailamos al compás, bailamos con el frenético ritmo de nuestros cuerpos, corcheas, infinitas corcheas. El desamparo de la ropa se hace, repentinamente, nuestra actividad favorita. Me deleito en ti, en mi, en lo que somos. En lo verdadero que nace y crece, que se enrolla como planta llena de vida, colores infinitos que afloran pos mi retina. 
¿Las tonalidades se escuchan? ¿Los sonidos se otean? ¿Se tocan? ¿Se esbozan sobre el oreo de la habitación? No hay luz, no hay fulgor, pero lo veo todo con claridad. Te veo a ti sobre y dentro de mí, con la sonrisa más increíble que alguna vez saboreé. 
Y ahí, yaciendo uno junto a otro, recordé que desde el momento en que las pinturas comenzaron a ser dedicadas... Entonces, todo fue y será fulminante.

Café Lovers, Joseph  Lorussó.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Protector

¿Quién diría que ya ha pasado medio año desde tu último suspiro? 
Se acercan las comidas familiares, las que nos mantienen más unidos que nunca, y tu lugar en la mesa se conservará frío e intacto. Tus ojos emocionados no se presentarán para agradecer a Dios, tu voz queda, tu voz profunda no nos deleitará con tus poemas eternos, versos perdidos en tu memoria, esos que aparecían a medida que las letras se impulsaban desde tu lengua, saltando como por un acantilado. 
Han sido seis meses ya, Guillermo. Seis meses desde que tu nombre se ha ido convirtiendo en eco ante mi mirada, silencio ante mis oídos. Tu mano arrugada no se estirará para acariciarme la cabeza, para susurrarme cuanto me parezco a tus rasgos, especialmente a los internos.
Han sido seis meses de extrañarte a diario, de recordarte sin recompensa aparente... Pero ya será hora de encontrarnos, tata. 
Ya será hora.

I know that feel, bro.

En base a "Unión libre", de André Breton.


Es mi hombre.
Es el que yace en mi cuerpo,
El que se degusta de mis pechos.
El que me susurra,
Tierno y delirante,
Insistente, penetrante.

Es mi hombre.
Es que el que me busca y encuentra,
El que crece fuerte entre mis ideas,
Es el que baila, frenético,
Se deshace en mi boca,
Impetuoso, lento.

Es mi hombre.
El primero de nadie,
El primero de todos.
El último en desearme,
El que me cree todo.


viernes, 14 de diciembre de 2012

La palabra: "Absoluto"


La palabra es la delicia de mi lengua,
el sabor gustoso de mis labios.
Es lo que nace y crece en mi vientre,
lo que doy a luz entre mis piernas.
Es lo que escupo a diario,
ese ocaso que me inunda,
que me ahoga,
que me da respiración boca a boca
y que trago alimentando el alma.
La palabra es mi esposa y amante,
es quien me canta al oído,
la que nunca desafina,
la que no grita sino susurra.
Es la que me toca sin permiso.
La que no pregunta si la amo.
Ella lo sabe.
Sabe cuánto la deseo,
cuánto dejo que ella interceda por mí,
cuánto la necesito.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Anónimo


Calle merced, esquina monjitas. Diecisiete treinta horas. Las baldosas de la vereda adornaban los casuales pasos de Felipe, un tipo pintoso, medio lerdo, con la típica facha de hipster sabelotodo, lector de miradas, escritor de sonidos. Era cosa de observarle la cara para sospechar sobre lo que escondía en esa barba media rubia, desteñida por la cerveza, la típica Amstel light que probó alguna vez en la casa de alguna prima, cuando comenzaba a ser un universitario y dejaba la Baltica por algo un poco más decente.
Ahí, justo ahí, en esa tan concurrida esquina, mientras se fumaba el cigarro con aroma a miel, dibujaba en su cabeza el rostro de los transeúntes típicos del lugar. Los conocía a todos. Sin nombres, sin apellidos. Sin sobrenombres. Simplemente caras, colores, rasgos. Podía ser algo intimidante. La mayoría de los que corrían por el lugar, le devolvían una mirada molesta, un poco confundida. El mismo tipo vago, la misma esquina, la misma miradita intimidante.
No es que Felip tuviese una enfermedad siquiátrica. O sea… Bueno. No una establecida. Se trató a los seis por déficit atencional con hiperactividad. Cuando bebe mucho le da por pensar que gracias al metilfenidato y la dexanfetamina algún tipo de retraso le provocaron. A medida que pasaba el tiempo, más le costaba movilizarse. En su adolescencia fue más músico que futbolista, más dormilón que estudioso. Se formó como un retraído, un silencioso que decidió que estudiar cuando supo de una charla vocacional.
Pero lo que estudiaba, por qué se sentaba en esa esquina, por qué le interesaban los rostros ajenos, probablemente, no importen demasiado. El punto neurálgico de esta historia comienza media hora más tarde, cuando el sol capitalino comenzaba a ponerse naranjo y a descansar de su hostilidad diaria. Todos salían de sus trabajos, cansados, medios zombis dispuestos a chuparle el cerebro a quien se interpusiera entre su camino y su hogar; a maldecir a los lentos, a los apurados, a los que hablan muy fuerte, o muy despacio. Feli apagaba su cigarrillo contra la banca en la que su trasero ya se adormecía, y fue como si se le devolviese la mano.
Primero creyó que se estaba pasando rollos. Una ejecutiva con bolso de mano lo miró fijamente unos segundos, detenidos segundos que se transformaron en minutos. Arrugó su entrecejo y se levantó como de costumbre en dirección a Miraflores, al café de su amigo en dónde, por esos días, vivía. Un hombre de sombrero lo miró sin disimulo. Le susurró algo a su amante, la que caminaba muy apegada a él, y ésta asintió. Ambos lo apuntaron con el dedo. Fel apresuró su paso, dispuesto a correr en caso de acoso. No entendía por qué de pronto, todos lo miraban, como buscando una respuesta en su poco especial existencia.
Los automovilistas se detenían; los trabajadores, los profesores, los estudiantes, los gerentes del lugar, todos y cada uno de ellos lo escrutaban con la pupila, con las pestañas, hasta con las cejas. ¿Qué mierda estaba pasando? ¿Por qué, repentinamente, todos lo hacían sentir extraviado?
Llegó sudando a “Sorbito del Arte”. Su amigo, quien limpiaba el mesón principal se quedó estupefacto, mudo.
-Y voh apareciste –Le dijo acercándose.
-¿Qué chucha les pasa a todos? –Fe se acercó transpirando terror-. Weón, me viste hace una hora.
Pedro, el dueño del café y su amigo de infancia, tomó una hoja blanca, con una foto en blanco y negro que apenas se dilucidaba.
F lo miró, como todos esos rostros, como todos esos rasgos, y no supo descubrir quien sonreía tan incómodamente hacia la cámara.
-¿Y ese quién es?
-Erís tú… Estái desaparecido hace rato.
El tipejo se quedó mudo. La peor parte de la historia, es que nunca supo que se perdió.